Mostrando postagens com marcador Universidade. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador Universidade. Mostrar todas as postagens
sexta-feira, 13 de outubro de 2017
Inteligência Artificial
Glauco Arbix, desde São Petersburgo
Nos Estados Unidos, as pesquisas sobre inteligência artificial (IA) vêm de longe. Mas aceleraram de modo extraordinário nos últimos cinco anos, por conta da velocidade dos computadores, do aumento de sua capacidade de armazenamento, da queda de seu custo e, principalmente, pela sofisticação de sua pesquisa. Os avanços atuais ocorrem nas universidades, em empresas de alta tecnologia como o Facebook, Amazon, Apple, Google, IBM mas também em empresas industriais, como a Tesla e Nvidia.
Em sintonia com essa trajetória, o Conselho de Estado chinês anunciou em julho seus planos para fazer da China o principal centro de Inteligência Artificial em 2030. Empresas como a Baidu, Alibaba e Tencent, que já tinham foco em IA, serão agora mais incentivadas e vitaminadas pelo Estado.
Na mesma linha, a Rússia revelou suas intenções com a IA em setembro. O presidente Vladimir Putin afirmou que a “inteligência artificial é o futuro, não só da Rússia, mas também da humanidade”. E cravou as intenções do estado russo de se destacar na disputa nesse campo do conhecimento, tido como pré-condição para comandar o mundo.
O ponto central é que as novidades ligadas a IA atingem as pessoas diariamente, com dispositivos cada vez mais precisos de reconhecimento de imagens, voz, de face, de tradução, de captação de tendências e até mesmo de identificação do gosto de cada um. Áreas como a saúde, transporte, varejo, bancos, energia, manufatura e agricultura já vem sendo desestabilizadas por muitos desses avanços, que prenunciam tempos difíceis para aqueles que insistem em permanecer céticos em relação ao potencial da IA. Empresas de todo tipo e porte, instituições como as universidades e os governos estão instados a se envolver na geração e ampliação desse corpo de conhecimento, principalmente porque há questões de fundo ligadas à IA que não encontram resposta fácil. Questões caras a qualquer sociedade, já que envolvem transformações na economia, em valores éticos, legais, regulatórios, além de incidirem fortemente sobre pobreza, desigualdade, privacidade, emprego e renda, para não citar a educação, calcanhar de Aquiles do nosso país e fundamental para a imensa maioria dos trabalhadores.
Com essas preocupações, aqui de São Petersburgo vejo o professor Alexi Samsonovich do Departamento de Cibernética do Instituto de Engenharia e Física de Moscou, declarar que os pesquisadores russos estão no limite de anunciar um “major breakthrough” em IA.
Os ares são de segredo, mas o tema de máquinas emocionalmente inteligentes frequenta as conversas. Samsonovich já havia feito anúncio semelhante em Nova Iorque, há algumas semanas. O que se sabe é que ele e sua equipe desenvolvem atualmente um Ator Virtual, que seria capaz de planejar, fixar objetivos e apresentar caminhos para ampliar a relação entre as pessoas. A ver, pois os resultados podem se mostrar como mais uma promessa não cumprida da IA.
O instigante, porém, é a disposição existente para enfrentar desafios ambiciosos, o que é fonte de energia e de atração de uma legião de jovens pesquisadores que passam a trabalhar com os olhos no futuro.
Como brasileiro, confesso que sinto um pouco de inveja desse entusiasmo. O Brasil poderia fazer muito mais nesses domínios com a qualificação de seus pesquisadores. Nos tempos de hoje nosso país se perde e atira no próprio pé com os cortes indiscriminados em Ciência, Tecnologia e Inovação, como vem ocorrendo. É uma pena. Como na época do boom da microeletrônica, o Brasil corre o risco de perder mais uma grande oportunidade de dar um salto.
Minha universidade, a USP, com certeza poderia concentrar esforços e reunir pesquisadores e pesquisadoras das engenharias, da matemática, física, de todas as humanidades na construção de um grande polo de Inteligência Artificial, fundamental para animar redes no Brasil e no exterior.
Seria bom se os candidatos a reitor da USP, em meio ao processo eleitoral que culminará com a eleição no final deste mês, pelo menos piscassem como sinal de simpatia pelo tema. É a forma concreta de se batalhar pela valoração da pesquisa, sem se perder nos meandros da ideologia, como o meio mais eficaz de se colocar a USP no mesmo nível que as grandes universidades do mundo.
Outubro de 2017
terça-feira, 25 de março de 2014
Sobre la cobardía y la irrelevancia de la ciencia social académica
Anthony DiMaggio · · · · ·
23/03/14
El último libro del economista francés Thomas Piketty está siendo objeto de muchos comentarios: todavía hay esperanzas en la educación superior para los intelectuales serios y los académicos decentes. El libro, Capital in the Twenty-First Century [El capital en el siglo XXI] acaba de salir este mes y plantea graves cuestiones sobre el valor de la ciencia social académica dominante.
Piketty es bien conocido por tenerla tomada con la academia: la acusa de producir montañas de basura de escaso valor práctico para la sociedad y para las políticas públicas. Tras conseguir una sólida posición académica en el MIT a sus tempranos veinte a comienzos de los 90, decidió volver a Francia. Según cuenta él mismo, "no me parecía muy convincente el trabajo de los economistas estadounidenses". Sus colegas "andaban demasiado preocupados por ínfimos problemas matemáticos que sólo les interesaban a ellos". El consejo de Piketty a los académicos futuros: "empezad con cuestiones fundamentales y tratad de dar buena cuenta de ellas". Piketty ha seguido desde luego su propio consejo. Junto con su colega, el economista Emanuel Sáez, ha logrado la celebridad en los últimos años produciendo investigaciones que marcan un hito en el estudio de la desigualdad sin precedentes actualmente existente en los EEUU del incipiente siglo XXI. Analizando datos fiscales del IRS [siglas del Internal Revenue Service, el servicio de estudios de la Hacienda norteamericana; T.], Piketty y Sáez han demostrado que, a mitad de la primera década de este siglo, la desigualdad en los EEUU alcanzó cotas nunca vistas desde el comienzo de la Gran Depresión. El uno por ciento más rico de los norteamericanos –eso mostraban sus datos— se lleva una cuarta parte de todo el ingreso anual anterior a la recaudación fiscal.
Las conclusiones de Piketty y Sáez resultan demoledoras para los numerosos mandarines, columnistas y tertulianos que insisten machaconamente en que la desigualdad no es un problema grave en los EEUU de hoy, y que Norteamérica sigue siendo el "país de las oportunidades" para todos quienes estén "dispuestos a trabajar lo suficientemente duro". En realidad, los EEUU ostentan –sólo sobrepasados en eso por Canadá— la segunda más baja "tasa de fuga" de la pobreza de todos los países ricos, del primer mundo. Los norteamericanos se descubren trabajando más horas por menos salario y entre constantes incrementos generalizados del coste de la vida. La investigación de Piketty y Sáez abre también grandes boquetes en la inveterada conclusión –muy común entre los economistas— de que el neoliberalismo de "libre mercado" produce resultados óptimos para las masas norteamericanas. Si la desigualdad sigue creciendo en una era en la que los trabajadores se ven trabajando más y más horas, eso habla mal del potencial de movilidad económica ascendente.
Volviendo al asunto de la academia, Piketty tiene un arsenal de palabras poco amables para los académicos actuales: "Para decirlo llanamente, la disciplina de la teoría económica tiene todavía que superar su pueril pasión por las matemáticas y por la especulación puramente teórica, a menudo superlativamente ideológica y siempre a expensas de la investigación histórica y de la colaboración con otras ciencias sociales… Ser economista académico en Francia ofrece una gran ventaja: aquí los economistas no son demasiado respetados en el mundo académico e intelectual o entre las elites políticas y financieras. Están obligados a dejar de lado su desdén por otras disciplinas y esa absurda pretensión de mayor legitimidad científica a pesar de no saber casi nada de casi todo. Ese es en cualquier caso el encanto de la disciplina y de las otras ciencias sociales en general: uno empieza desde la casilla uno, de manera que alguna esperanza hay de hacer progresos substanciales… la verdad es que la teoría económica no debería haberse empeñado jamás en divorciarse de las otras ciencias sociales, porque sólo podrá progresar con ellas. Las ciencias sociales, todas ellas, saben demasiado poco como para perder el tiempo en necias rebatiñas sobre fronteras disciplinarias. Si tenemos que hacer progresos en nuestra comprensión de la dinámica histórica de la distribución de la riqueza y la estructura de las clases sociales, es obvio que tenemos que adoptar un enfoque pragmático y hacernos con los métodos de los historiadores, los sociólogos, los politólogos y también los economistas… Las disputas disciplinarias y las guerras de posición por lindes carecen de importancia."
Me puedo sumar a los comentarios de Piketty. Los problemas detectados en la teoría económica son comunes en todas las ciencias sociales. Mi propia disciplina –la ciencia política— esta dominada desde hace tiempo por la sobrespecialización y la oscuridad: plagada de académicos excavando en nichos extremadamente angostos y planteándose una y otra vez cuestiones de utilidad práctica limitada, por decir lo menos. Es un problema muy embarazoso, francamente. Para dar un ejemplo, los congresos profesionales de ciencia política reproducen una y otra vez "investigación" de baja calidad, carente totalmente de relevancia para el norteamericano medio. Un subcampo en auge en la ciencia política es nada menos que la investigación del modo de medir el fenómeno político, sin la menor noción o visión de la vida política o del mundo político propiamente dicho. A esa investigación se la conoce como "metodología política". Un aura de mística rodea a ese subcampo a medida que crece en prominencia. Lo abrazan muchos politólogos envidiosos de la teoría económica. Los politólogos están convencidos de que si buena parte de la investigación cuantitativa producida por la disciplina parece demasiado complicada de entender (buena parte de la misma está escrita en ecuaciones formales y no habla de nada en particular, limitándose a presentar oscuras pruebas estadísticas), entonces debe ser "buena" y un indicio de pensamiento "superior" y gran "pericia" profesional. En realidad, ese trabajo a menudo lo desarrollan aspirantes a matemáticos sin nada que decir sobre una vida política real de la que todavía saben menos. Sus adeptos no gastan su tiempo en observar el proceso político: poco tienen, pues, que ofrecer al conocimiento del mundo real. Toda la pericia estadística del mundo de poco vale, si no sabes nada de tu objeto de estudio. Para demostrar cuán lejos se halla esa investigación de las masas de norteamericanos, reparen ustedes en los títulos de estos trabajos académicos presentados a un congreso nacional venidero de ciencia política:
* "Los ajustes para los sesgos de confusión con tratamiento multivariable: el registro covariado de propensión equilibrada en los regímenes de tratamiento categórico"
* "¿El mejor de los mundos posibles? Puesta a prueba de la robustez en modelos transversales de series temporales con tratamientos ficticios alternativos plausibles"
* "Evaluación de la robustez de los estimadores con la técnica del número de elementos bajo errores métricos aleatorios y no aleatorios"
* "Test empírico del Lapso Espacial-Autoregresivo frente a los Componentes de Error Inobservados Espacialmente Correlacionados"
Sí, sí, han leído ustedes bien. Yo habría sido incapaz de inventarme títulos así. Es triste, pero los trabajos en otros subcampos de la ciencia política (los subcampos supuestamente conectados con la política real) no suelen ser mejores en lo tocante a sus alcances prácticos. La estrecha superespecialización y la capitulación del grueso de los programas de investigación en punto a suministrar herramientas para mejorar la democracia y la transparencia política se traslucen en títulos como estos:
* "The Role of Nominal Level Legislative Careers in Explaining Constituency Service in Parliament under Mixed-Member Electoral Rules: The Hungarian Case" [El papel de las carreras legislativas de nivel nominal en la explicación del servicio al elector en el Parlamento bajo reglas electorales con membrecía mixta: el caso de Hungría]
* "Autocontrol y receptividad al marco afectivo: un test crítico de la Carga Cognitiva y el Agotamiento del Ego
* "¿Los nenes, bien? Evidencia de los efectos heterogéneos de los medios de comunicación que generan empatía a partir de encuestas y experimentos de campo"
* "Carga de trabajo, delegación y la conexión electoral: evidencia a partir de la Ley de Comercio Interestatal de 1887"
* "Evaluación del destino de los nombramientos judiciales interpartidistas bajo el sistema bipartidista de Nueva York para nombrar jueces de distrito federal: 1977-1998"
Es sólo una pequeña fracción de los miles de trabajos presentados cada año en mi disciplina. En Norteamérica se asiste al desarrollo de carreras académicas enteras sin el menor interés por el modo en que podrían reasignarse los recursos con vistas a fortalecer el bien común. Los doctorandos de ciencias sociales raramente son socializados por sus directores de tesis o sus tutores en la comprensión de la importancia de producir investigación que sea de utilidad en el mundo real. Lo más común es tomar como indicio de seriedad y "potencial" académico la producción de todo lo contrario: publicar en revistas académicas esotéricas muy prestigiosas, leídas sólo por un pequeño puñado de científicos sociales dispersos por todo el país. Esos trabajos son totalmente ignorados por los políticos, porque están escritos en un lenguaje arcano y rebosante de jerga, jamás escritos pensando en lectores ajenos al ínfimo club de iniciados en la ciencia política. La disciplina ha enviado un claro mensaje al mundo: cuanto más difícil de entender resulta la investigación y cuanta menos gente la lea, tanto más seria y estimable es la capacidad intelectual de su autor.
Lleva razón Piketty en su condena de la autocastración de unas ciencias sociales en pos del prestigio y desdeñosas de los descubrimientos prácticos y del compromiso político. Resultar irrelevante para el mundo político no hace a la propia investigación interesante o valiosa: pero este mensaje encuentra oídos sordos en las enquistadas ínsulas en que se han convertido los departamentos de ciencias sociales. Una razón capital del desdén de los académicos por el compromiso político es la cobardía. La gran mayoría de académicos han sido socializados durante toda su vida en la creencia de que tienen que mantener siempre la "objetividad" y de que tomar posición en un asunto resultaría herético. El grueso de los académicos opera con mentalidad de manada: tienen pánico al comportamiento no convencional. Produciendo investigación de interés para el mundo real, uno desafía las reglas sagradas que gobiernan la ciencia social "objetiva" que celebra las agendas de investigación esotéricas. Salir de esa vía trillada pondría en peligro el prestigio de uno y se correría el riesgo de que los colegas te vieran como "poco profesional". Ese tipo de presiones logran que los académicos sean parte del problema, no parte de la solución. Sus vidas están diseñadas para no desafiar el status quo del poder político y económico ni las injusticias que los rodean.
Tal vez algún día los académicos de la corriente principal se verán urgidos a producir investigación interesante y útil para la mejora de la sociedad. Un cambio radical así sólo tendrá lugar merced a la presión exterior del contribuyente norteamericano y de la opinión pública. Los padres (financiadores de esta vergüenza de investigación académica) y los contribuyentes al fisco tendrán que presionar a las universidades y centros de educación superior para que reevalúen sus prioridades y dejen de asignar recursos valiosos a las necias (y estériles) agendas de investigación que campan hoy por sus respetos en la academia norteamericana. Hay demasiado en juego como para permitir que los académicos sigan despeñándose por los derrotaderos de la irrelevancia.
Anthony DiMaggio es doctor en ciencia política por la Universidad de Illinois, Chicago. Entre sus libros: Mass Media, Mass Propaganda (2009), When Media Goes to War (2010), Crashing the Tea Party (2011), así como The Rise of the Tea Party (2011).
Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella
sinpermiso electrónico
se ofrece semanalmente de forma gratuita. No recibe ningún tipo de
subvención pública ni privada, y su existencia sólo es posible gracias
al trabajo voluntario de sus colaboradores y a las donaciones
altruistas de sus lectores.
Fonte da Imagem: http://monkeyandlokison.wordpress.com/
segunda-feira, 3 de março de 2014
Sobre el trabajo académico, el asalto neoliberal a las universidades y cómo debería ser la educación superior
Noam Chomsky · · · · ·
Lo que sigue es la traducción
castellana de una transcripción editada en inglés de un conjunto de
observaciones realizadas por Noam Chomsky vía Skype el pasado 4 de febrero para
una reunión de afiliados y simpatizantes del sindicato universitario asociado a
la Unión de Trabajadores del Acero (Adjunct Faculty Association of the United Steelworkers)
en Pittsburgh, PA. Las manifestaciones del profesor Chomsky se produjeron en
respuesta a preguntas de Robin Clarke, Adam Davis, David
Hoinski, Maria Somma, Robin J. Sowards, Matthew Ussia y Joshua Zelesnick. La
transcripción escrita de las respuestas orales la realizó Robin J. Sowards y la edición y redacción corrió a cargo del
propio Noam Chomsky. La traducción castellana del texto ingles la realizó para www.sinpermiso.info
Mínima Estrella.
Sobre la contratación temporal de profesores y la
desaparición de la carrera académica
Eso es parte del modelo de negocio. Es lo mismo que la contratación de
temporales en la industria o lo que los de Wall Mart llaman “asociados”,
empleados sin derechos sociales ni cobertura sanitaria o de desempleo, a fin de
reducir costes laborales e incrementar el servilismo laboral. Cuando las
universidades se convierten en empresas, como ha venido ocurriendo harto
sistemáticamente durante la última generación como parte de un asalto
neoliberal general a la población, su modelo de negocio entraña que lo que
importa es la línea de base. Los propietarios efectivos son los fiduciarios (o
la legislatura, en el caso de las universidades públicas de los estados
federados), y lo que quieren mantener los costos bajos y asegurarse de que el
personal laboral es dócil y obediente. Y en substancia, la formas de hacer eso
son los temporales. Así como la contratación de trabajadores temporales se ha
disparado en el período neoliberal, en la universidad estamos asistiendo al
mismo fenómeno. La idea es dividir a la sociedad en dos grupos. A uno de los
grupos se le llama a veces “plutonomía” (un palabro usado por Citibank cuando
hacía publicidad
entre sus inversores sobre la mejor forma de invertir fondos), el sector en
la cúspide de una riqueza global pero concentrada sobre todo en sitios como los
EEUU. El otro grupo, el resto de la población, es un “precariado”, gentes que
viven una existencia precaria.
Esa idea asoma de vez en cuando de forma abierta. Así, por ejemplo,
cuando Alan Greenspan testificó
ante el Congreso en 1997 sobre las maravillas de la economía que estaba
dirigiendo, dijo redondamente que una de las bases de su éxito económico era
que estaba imponiendo lo que él mismo llamó “una mayor inseguridad en los
trabajadores”. Si los trabajadores están más inseguros, eso es muy “sano” para
la sociedad, porque si los trabajadores están inseguros, no exigirán aumentos
salariales, no irán a la huelga, no reclamarán derechos sociales: servirán a
sus amos tan donosa como pasivamente. Y eso es óptimo para la salud económica
de las grandes empresas. En su día, a todo el mundo le pareció muy razonable el
comentario de Greenspan, a juzgar por la falta de reacciones y los aplausos
registrados. Bueno, pues transfieran eso a las universidades: ¿cómo conseguir
una mayor “inseguridad” de los trabajadores? Esencialmente, no garantizándoles
el empleo, manteniendo a la gente pendiente de un hilo que puede cortarse en
cualquier momento, de manera que mejor que estén con la boca cerrada, acepten
salarios ínfimos y hagan su trabajo; y si por ventura se les permite servir
bajo tan miserables condiciones durante un año más, que se den con un canto en
los dientes y no pidan más. Esa es la manera como se consiguen sociedades
eficientes y sanas desde el punto de vista de las empresas. Y en la medida en
que las universidades avanzan por la vía de un modelo de negocio empresarial,
la precariedad es exactamente lo que se impone. Y más que veremos en lo
venidero.
Ese es un aspecto, pero otros aspectos que resultan también harto
familiares en la industria privada: señaladamente, el aumento de estratos
administrativos y burocráticos. Si tienes que controlar la gente, tienes que
disponer de una fuerza administrativa que lo haga. Así, en la industria
norteamericana más que en cualquier otra parte, se acumula estrato ad
administrativo tras estrato administrativo: una suerte de despilfarro
económico, pero útil para el control y la dominación. Y lo mismo vale para las
universidades. En los pasados 30 0 40 años se ha registrado un aumento drástico
en la proporción del personal administrativo en relación el profesorado y los
estudiantes de las facultades: profesorado y estudiantes han mantenido la
proporción entre ellos, pero la proporción de administrativos se ha disparado.
Un conocido sociólogo, Benjamin Ginsberg, ha escrito un muy buen libro titulado
The Fall of the Faculty: The Rise of the
All-Administrative University and Why It Matters (Oxford University
Press, 2011), en el que se describe con detalle el estilo empresarial de
administración y niveles burocráticos multiplicados. Ni que decir tiene, con
administradores profesionales más que bien pagados: los decanos, por ejemplo,
que antes solían miembros de la facultad que dejaban la labor docente para
servir como gestores con la idea de reintegrarse a la facultad al cabo de unos
años. Ahora son todos profesionales, que tienen que contratar a vicedecanos,
secretarios, etc., etc., toda la proliferación de estructura que va con los
administradores. Todo eso es otro aspecto del modelo empresarial.
Pero servirse de trabajo barato –y vulnerable—
es una práctica de negocio que se remonta a los inicios mismos de la empresa
privada, y los sindicatos nacieron respondiendo a eso. En las universidades,
trabajo barato, vulnerable, significa ayudantes y estudiantes graduados. Los
estudiantes graduados son todavía más vulnerables, huelga decirlo, La idea es
transferir la instrucción a trabajadores precarios, lo que mejora la disciplina
y el control, pero también permite la transferencia de fondos a otros fines muy
distintos de la educación. Los costos, claro está, los pagan los estudiantes y
las gentes que se ven arrastradas a esos puestos de trabajo vulnerables. Pero
es un rasgo típico de una sociedad dirigida por la mentalidad empresarial
transferir los costos a la gente. Los economistas cooperan tácitamente en eso.
Así, por ejemplo, imaginen que descubren un error en su cuenta corriente y
llaman al banco para tratar de enmendarlo. Bueno, ya saben ustedes lo que pasa.
Usted les llama por teléfono, y le sale un contestador automático con un
mensaje grabado que le dice: “Le queremos mucho, y ahí tiene un menú”. Tal vez
le menú ofrecido contiene lo que usted busca, tal vez no. Si acierta a elegir
la opción ofrecida correcta, lo que escucha a continuación es una musiquita, y
de rato en rato una voz que le dice: “Por favor, no se retire, estamos
encantados de servirle”, y así por el estilo. Al final, transcurrido un buen
tiempo, una voz humana a la que poder plantearle una breve cuestión. A eso los
economistas le llaman “eficiencia”. Con medidas económicas, ese sistema reduce
los costos laborales del banco; huelga decir que le carga los costos a usted, y
esos costos han de multiplicarse por el número de usuarios, que puede ser
enorme: pero eso no cuenta como coste en el cálculo económico. Y si miran
ustedes cómo funciona la sociedad, encuentran eso por doquiera. Del mismo modo,
la universidad impone costos a los estudiantes y a un personal docente que,
además e tenerlo apartado de la carrera académica, se le mantiene en una
condición que garantiza un porvenir sin seguridad. Todo eso resulta
perfectamente natural en los modelos de negocio empresariales. Es nefasto para
la educación, pero su objetivo no es la educación.
En efecto, si echamos una
mirada más retrospectiva, la cosa se revela más profunda todavía. Cuando todo
esto empezó, a comienzos de los 70, suscitaba mucha preocupación en todo el
espectro político establecido el activismo de los 60, comúnmente conocidos como
“la época de los líos”. Fue una “época de líos” porque el país se estaba
civilizando [con las luchas por los derechos civiles], y eso siempre es
peligroso. La gente se estaba politizando y se comprometía con la conquista de
derechos para los grupos llamados “de intereses especiales”: las mujeres, los
trabajadores, los campesinos, los jóvenes, los viejos, etc. Eso llevó a una
grave reacción, conducida de forma prácticamente abierta. En el lado de la
izquierda liberal del establishment, tenemos un libro llamado The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies
to the Trilateral Commission,
compilado por Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki (New York
University Press, 1975) y patrocinado por la Comisión Trilateral una
organización de liberales internacionalistas. Casi toda la administración
Carter se reclutó entre sus filas. Estaban preocupados por lo que ellos llamaban
la “crisis de la democracia” y que no dimanaba de otra cosa del exceso de
democracia. En los 60 la población –los “intereses especiales” mencionados—
presionaba para conquistar derechos dentro de la arena política, lo que se
traducía en demasiada presión sobre el Estado: no podía ser. Había un interés
especial que dejaban de lado, y es a saber: el del sector granempresarial;
porque sus intereses coinciden con el “interés nacional”. Se supone que el
sector graempresarial controla al Estado, de modo que no hay ni que hablar de
sus intereses. Pero los “intereses especiales” causaban problemas, y estos
caballeros llegaron a la conclusión de que “tenemos que tener más moderación en
la democracia”: el público tenía que volver a ser pasivo y regresar a la
apatía. De particular preocupación les resultaban las escuelas y las
universidades, que, decían, no cumplían bien su tarea de “adoctrinar a los
jóvenes” convenientemente: el activismo estudiantil –el movimiento de derechos
civiles, el movimiento antibelicista, el movimiento feminista, los movimientos
ambientalistas— probaba que los jóvenes no estaban correctamente adoctrinados.
Bien, ¿cómo adoctrinar a los jóvenes? Hay más de una forma. Una forma
es cargarlos con deudas desesperadamente pesadas para sufragar sus estudios. La
deuda es una trampa, especialmente la deuda estudiantil, que es enorme, mucho
más grande que el volumen de deuda
acumulada en las tarjetas de crédito. Es una trampa para el resto de su vida
porque las leyes están diseñadas para que no puedan salir de ella. Si, digamos,
una empresa incurre en demasiada deuda, puede declararse en quiebra. Pero si
los estudiantes suspenden pagos, nunca podrán conseguir una tarjeta de la
seguridad social. Es una técnica de disciplinamiento. No digo yo que eso se
hiciera así con tal propósito, pero desde luego tiene ese efecto. Y resulta
harto difícil de defender en términos económicos. Miren ustedes un poco lo que
pasa por el mundo: la educación superior es en casi todas partes gratuita. En
los países con los mejores niveles educativos, Finlandia (que anda en cabeza),
pongamos por caso, la educación superior es pública y gratuita. Y en un país rico
y exitoso como Alemania es pública y gratuita. En México, un país pobre que,
sin embargo, tiene niveles de educación muy decentes si atendemos a las
dificultades económicas a las que se enfrenta, es pública y gratuita. Pero
miren lo que pasa en los EEUU: si nos remontamos a los 40 y los 50, la
educación superior se acercaba mucho a la gratuidad. La Ley GI ofreció
educación superior gratuita a una gran cantidad de gente que jamás habría
podido acceder a la universidad. Fue muy bueno para ellos y fue muy bueno para
la economía y para la sociedad; fue parte de las causas que explican la elevada
tasa de crecimiento económico. Incluso en las entidades privadas, la educación
llegó a ser prácticamente gratuita. Yo, por ejemplo: entré en la facultad en
1945, en una universidad de la Ivy League, la Universidad de Pensilvania, y la
matrícula costaba 100 dólares. Eso serían unos 800 dólares de hoy. Y era muy
fácil acceder a una beca, de modo que podías vivir en casa, trabajar e ir a la
facultad, sin que te costara nada. Lo que ahora ocurre es ultrajante. Tengo
nietos en la universidad que tienen que pagar la matrícula y trabajar, y es
casi imposible. Para los estudiantes, eso es una técnica disciplinaria.
Y otra técnica de adoctrinamiento es cortar el contacto de los
estudiantes con el personal docente: clases grandes, profesores temporales que,
sobrecargados de tareas, apenas pueden vivir con un salario de ayudantes. Y
puesto que no tienes seguridad en el puesto de trabajo, no puedes construir una
carrera, no puedes irte a otro sitio y conseguir más. Todas esas son técnicas
de disciplinamiento, de adoctrinamiento y de control. Y es muy similar a lo que
uno espera que ocurra en una fábrica, en la que los trabajadores fabriles han
de ser disciplinados, han de ser obedientes; y se supone que no deben
desempeñar ningún papel en, digamos, la organización de la producción o en la
determinación del funcionamiento de la planta de trabajo: eso es cosa de los
ejecutivos. Esto se transfiere ahora a las universidades. Y yo creo que nadie
que tenga algo de experiencia en la empresa privada y en la industria debería
sorprenderse; así trabajan.
Sobre cómo debería ser la educación superior
Para empezar, deberíamos desechar toda idea de que alguna vez hubo una
“edad de oro”. Las cosas eran distintas, y en ciertos sentidos, mejores en el
pasado, pero distaban mucho de ser perfectas. Las universidades tradicionales
eran, por ejemplo, extremadamente jerárquicas, con muy poca participación
democrática en la toma de decisiones. Una parte del activismo de los 60
consistió en el intento de democratizar las universidades, de incorporar,
digamos, a representantes estudiantiles a las juntas de facultad, de animar al
personal no docente a participar. Esos esfuerzos se hicieron por iniciativa de
los estudiantes, y no dejaron de tener cierto éxito. La mayoría de
universidades disfrutan ahora de algún grado de participación estudiantil en
las decisiones de las facultades. Y yo creo que ese es el tipo de cosas que
deberíamos ahora seguir promoviendo: una institución democrática en la que la
gente que está en la institución, cualquiera que sea (profesores ordinarios,
estudiantes, personal no docente) participan en la determinación de la
naturaleza de la institución y de su funcionamiento; y lo mismo vale para las
fábricas.
No son estas ideas de izquierda radical, por cierto. Proceden
directamente del liberalismo clásico. Si leéis, por ejemplo, a John Stuart
Mill, una figura capital de la tradición liberal clásica, verán que daba por
descontado que los puestos de trabajo tenían que ser gestionados y controlados
por la gente que trabajaba en ellos: eso es libertad y democracia (véase, por
ejemplo, John Stuart Mill, Principles of Political Economy, book 4, ch. 7). Vemos las
mismas ideas en los EEUU. En los Caballeros del Trabajo, pongamos por caso: uno
de los objetivos declaradis de esta organización era “instituir organizaciones
cooperativas que tiendan a superar el sistema salarial introduciendo un sistema
industrial cooperativo” (véase la “Founding Ceremony” para
las nuevas asociaciones locales). O piénsese en alguien como John Dewey, un
filósofo social de la corriente principal del siglo XX, quien no sólo abogó por
una educación encaminada a la independencia creativa, sino también por el
control obrero en la industria, lo que él llamaba “democracia industrial”.
Decía que hasta tanto las instituciones cruciales de la sociedad –producción,
comercio, transporte, medios de comunicación— no estén bajo control
democrático, la “política [será] la sombra proyectada en el conjunto de la
sociedad por la gran empresa” (John Dewey, “The
Need for a New Party” [1931]). Esta idea es casi elemental, y echa raíces
profundas en la historia norteamericana y en el liberalismo clásico; debería
constituir una suerte de segunda naturaleza de la gente, y debería valer igualmente
para las universidades. Hay ciertas decisiones en una universidad donde no
puedes querer transparencia democrática porque tienes que preservar la
privacidad estudiantil, pongamos por caso, y hay varios tipos de asuntos
sensibles, pero en el grueso de la actividad universitaria normal no hay razón
para no considerar la participación directa como algo, no ya legítimo, sino
útil. En mi departamento, por ejemplo, hemos tenido durante 40 años
representantes estudiantiles que proporcionaban una valiosa ayuda con su
participación en las reuniones de departamento.
Sobre la “gobernanza compartida” y el control
obrero
La universidad es probablemente la institución social que más se
acerca en nuestra sociedad al control obrero democrático. Dentro de un
departamento, por ejemplo, es bastante normal que al menos para los profesores
ordinarios tenga capacidad para determinar una parte substancial de las tareas
que conforman su trabajo: qué van a enseñar, cuando van a dar las clases, cuál
será el programa. Y el grueso de las decisiones sobre el trabajo efectuado en
la facultad caen en buena medida bajo el control del profesorado ordinario.
Ahora, ni que decir tiene, hay un nivel administrativo superior al que no
puedes ni eludir ni controlar. La facultad puede recomendar a alguien para ser
profesor titular, pongamos por caso, y estrellarse contra el criterio de los
decanos o del rector, o incluso de los patronos o de los legisladores. No es
que ocurra muy a menudo, pero puede ocurrir y ocurre. Y eso es parte de la
estructura de fondo que, aun cuando siempre ha existido, era un problema menor
en los tiempos en que la administración salía elegida por la facultad y era en
principio revocable por la facultad. En un sistema representativo, necesitas
tener a alguien haciendo labores administrativas, pero tiene que poder ser
revocable, sometido como está a la autoridad de las gentes a las que
administra. Eso es cada vez menos verdad. Hay más y más administradores
profesionales, estrato sobre estrato, con más y más posiciones cada vez más
remotas del control de las facultades. Me referí antes a The Fall of the Faculty de Benjamin Ginsberg, un libro que entra en
un montón de detalles sobre el funcionamiento de varias universidades a las que
sometió a puntilloso escrutinio: Johns Hopkins, Cornell y muchas otras.
El profesorado universitario ha venido siendo más y más reducido a la
categoría de trabajadores temporales a los que se asegura una precaria
existencia sin acceso a la carrera académica. Tengo conocidos que son, en
efecto, lectores permanente; no han logrado el estatus de profesores
ordinarios; tienen que concursar cada año para poder ser contratados otra vez.
No deberían ocurrir estas cosas, no deberíamos permitirlo. Y en el caso de los
ayudantes, la cosa se ha institucionalizado: no se les permite ser miembros del
aparato de toma de decisiones y se les excluye de la seguridad en el puesto de
trabajo, lo que no sirve sino para amplificar el problema. Yo creo que el
personal no docente debería ser integrado también en la toma de decisiones,
porque también forman parte de la universidad. Así que hay un montón que hacer,
pero creo que se puede entender fácilmente por qué se desarrollan esas
tendencias. Son parte de la imposición del modelo de negocios en todos y cada
uno de los aspectos de la vida. Esa es la ideología neoliberal bajo la que el
grueso del mundo ha estado viviendo en los últimos 40 años. Es muy dañina para
la gente, y ha habido resistencias a ella. Y es digno de mención el que al
menos dos partes del mundo han logrado en cierta medida escapar de ella: el
Este asiático, que nunca la aceptó realmente, y la América del Sur de los
últimos 15 años.
Sobre la pretendida necesidad de “flexibilidad”
“Flexibilidad” es una palabra muy familiar para los trabajadores
industriales. Parte de la llamada “reforma laboral” consiste en hacer más
“flexible” el trabajo, en facilitar la contratación y el despido de la gente.
También esto es un modo de asegurar la maximización del beneficio y el control.
Se supone que la “flexibilidad” es una buena cosa, igual que la “mayor
inseguridad de los trabajadores”. Dejando ahora de lado la industria, para la
que vale lo mismo, en las universidades eso carece de toda justificación.
Pongamos un caso en el que se registra submatriculación en algún sitio. No es
un gran problema. Una de mis hijas enseña en una universidad; la otra noche me
llamó y me contó que su carga lectiva cambiaba porque uno de los cursos
ofrecidos había registrado menos matrículas de las previstas. De acuerdo, el
mundo no se acabará, se limitaron a reestructurar el plan docente: enseñas otro
curso, o una sección extra, o algo por el estilo. No hay que echar a la gente o
hacer inseguro su puesto de trabajo a causa de la variación del número de
matriculados en los cursos. Hay mil formas de ajustarse a esa variación. La
idea de que el trabajo debe someterse a las condiciones de la “flexibilidad” no
es sino otra técnica corriente de control y dominación. ¿Por qué no hablan de
despedir a los administradores si no hay nada para ellos este semestre? O a los
patronos: ¿para qué sirven? La situación es la misma para los altos ejecutivos
de la industria; si el trabajo tiene que ser flexible, ¿por qué no la gestión
ejecutiva? El grueso de los altos ejecutivos son harto inútiles y aun dañinos,
así que ¡librémonos de ellos! Y así indefinidamente. Sólo para comentar
noticias de estos últimos días, pongamos el caso de Jamie Dimon, el presidente
del consejo de administración del banco JP Morgan Chase: acaba de recibir un substancial
incremento en sus emolumentos, casi el doble de su paga habitual, en
agradecimiento por haber salvado al banco de las acusaciones penales que
habrían mandado a la cárcel a sus altos ejecutivos: todo quedó en multas por un
monto de 20 mil millones de dólares por actividades delictivas probadas. Bien,
podemos imaginar que librar de alguien así podría ser útil para la economía.
Pero no se habla de eso cuando se habla de ”reforma laboral”. Se habla de gente
trabajadora que tiene que sufrir, y tiene que sufrir por inseguridad, por no
saber de donde sacarán el pan mañana: así se les disciplina y se les hace
obedientes para que no cuestionen nada ni exijan sus derechos. Esa es la forma
de operar de los sistemas tiránicos. Y el mundo de los negocios es un sistema
tiránico. Cuando se impone a las universidades, te das cuenta de que refleja
las mismas ideas. No debería ser un secreto.
Sobre el propósito de la educación
Se trata de debates que se retrotraen a la Ilustración, cuando se
plantearon realmente las cuestiones de la educación superior y de la educación
de masas, no sólo la educación para el clero y la aristocracia. Y hubo
básicamente dos modelos en discusión en los siglos XVIII y XIX. Se discutieron
con energía harto evocativa. Una imagen de la educación era la de un vaso que
se llena, digamos, de agua. Es lo que ahora llamamos “enseñar para el examen”:
viertes agua en el vaso y luego el vaso devuelve el agua. Pero es un vaso
bastante agujereado, como todos hemos tenido ocasión de experimentar en la
escuela: memorizas algo en lo que no tienes mucho interés para poder pasar un
examen, y al cabo de una semana has olvidado de qué iba el curso. El modelo de
vaso ahora se llama “ningún niño a la zaga”, “enseñar para el examen”, “carrera
a la cumbre”, y cosas por el estilo en las distintas universidades. Los
pensadores de la Ilustración se opusieron a ese modelo.
El otro modelo se describía como lanzar una cuerda por la que el
estudiante pueda ir progresando a su manera y por propia iniciativa, tal vez
sacudiendo la cuerda, tal vez decidiendo ir a otro sitio, tal vez planteando
cuestiones. Lanzar la cuerda significa imponer cierto tipo de estructura. Así,
un programa educativo, cualquiera que sea, un curso de física o de algo, no
funciona como funciona cualquier otra cosa; tiene cierta estructura. Pero su
objetivo consiste en que el estudiante adquiera la capacidad para inquirir,
para crear, para innovar, para desafiar: eso es la educación. Un físico
mundialmente célebre cuando, en sus cursos para primero de carrera, se le
preguntaba “¿qué parte del programa cubriremos este semestre?”, contestaba: “no
importa lo que cubramos, lo que importa es lo que descubráis vosotros”. Tenéis que ganar la capacidad y la
autoconfianza en esta asignatura para desafiar y crear e innovar, y así
aprenderéis; así haréis vuestro el material y seguir adelante. No es cosa de
acumular una serie fijada de hechos que luego podáis soltar por escrito en un
examen para olvidarlos al día siguiente.
Son dos modelos radicalmente distintos de educación. El ideal de la
Ilustración era el segundo, y yo creo que el ideal al que deberíamos aspirar.
En eso consiste la educación de verdad, desde el jardín de infancia hasta la
universidad. Lo cierto es que hay programas de ese tipo para los jardines de
infancia, y bastante buenos.
Sobre el amor a la docencia
Queremos, desde luego, gente, profesores y estudiantes, comprometidos
en actividades que resulten satisfactorias, disfrutables, actividades que sean
desafíos, que resulten apasionantes. Yo no creo que eso sea tan difícil. Hasta
los niños pequeños son creativos, inquisitivos, quieren saber cosas, quieren
entenderlas, y a no ser que te saquen eso a la fuerza de la cabeza, el anhelo
perdura de por vida. Si tienes oportunidades para desarrollar esos compromisos
y preocuparte por esas cosas, son las más satisfactorias de la vida. Y eso vale
lo mismo para el investigador en física que para el carpintero; toenes que
intentar crear algo valioso, lidiar con problemas difíciles y resolverlos. Yo
creo que que eso es lo que hace del trabajo el tipo de actividad que quieres
hacer; y la haces aun cuando no estés obligado a hacerla. En una universidad
que funcione razonablemente, encontrarás gente que trabaja todo el tiempo
porque les gusta lo que hacen; es lo que quieren hacer; se les ha dado la
oportunidad, tienen los recursos, se les ha animado a ser libres e
independientes y creativos: ¿qué mejor que eso? Y eso también puede hacerse en
cualquier nivel.
Vale la pena reflexionar un poco sobre algunos de los programas
educativos imaginativos y creativos que se desarrollan en los distintos
niveles. Así, por ejemplo, el otro día alguien me contaba de un programa que
usa en las facultades, un programa de ciencia en el que se plantea a los
estudiantes una interesante cuestión: “¿Cómo puede ser que un mosquito vuela
bajo la lluvia?” Difícil cuestión, cuando se piensa un poco en ella. Si algo
impactara en un ser humano con la fuerza de una gota de agua que alcanza a un
mosquito, lo abatiría inmediatamente. ¿Cómo puede, pues, el mosquito evitar el
aplastamiento inmediato? ¿Cómo puede seguir volando? Si quieres seguir dándole
vueltas a este asunto –dificilísimo asunto—, tienes que hacer incursiones en
las matemáticas, en la física y en la biología y plantearte cuestiones lo
suficientemente difíciles como para verlas como un desafío que despierta la
necesidad de responderlas.
Eso es lo que debería ser la educación en todos los niveles, desde el
jardín de infancia. Hay programas para jardines de infancia en los que se da a
cada niño, por ejemplo, una colección de pequeñas piezas: guijarros, conchas,
semillas y cosas por el estilo. Se propone entonces a la clase la tarea de
descubrir cuáles son las semillas. Empieza con lo que llaman una “conferencia
científica”: los nenes hablan entre sí y tratan de imaginarse cuáles son
semillas. Y, claro, hay algún maestro que orienta, pero la idea es dejar que
los niños vayan pensando. Luego de un rato, intentan varios experimentos
tendentes a averiguar cuáles son las semillas. Se le da a cada niño una lupa y,
con ayuda del maestro, rompe una semilla y mira dentro y encuentra el embrión
que hace crecer a la semilla. Esos niños aprenden realmente algo: no sólo algo
sobre las semillas y sobre lo que las hace crecer; también aprenden algo sobre
los procesos de descubrimiento. Aprenden a gozar con el descubrimiento y la
creación, y eso es lo que te permitirá comportarte de manera independiente
fuera del aula, fuera del curso.
Lo mismo vale para toda la educación, hasta la universidad. En un
seminario universitario razonable, no esperas que los estudiantes tomen apuntes
literales y repitan todo lo que tu digas; lo que esperas es que te digan si te
equivocas, o que vengan con nuevas ideas desafiantes, que abran caminos que no
habían sido pensados antes. Eso es lo que es la educación en todos los niveles.
No consiste en instilar información en la cabeza de alguien que luego la
recitará, sino que consiste en capacitar a la gente para que lleguen a ser
personas creativas e independientes y puedan encontrar gusto en el
descubrimiento y la creación y la creatividad a cualquier nivel o en
cualesquiera dominios a los que les lleven sus intereses.
Sobre el uso de la retórica empresarial contra el
asalto empresarial a la universidad
Eso es como plantearse la tarea de justificar ante el propietario de
esclavos que nadie debería ser esclavo. Estáis aquí en un nivel de la
indagación moral en el que resulta harto difícil encontrar respuestas. Somos
seres humanos con derechos humanos. Es bueno para el individuo, es bueno para la
sociedad y hasta es bueno para la economía en sentido estrecho el que la gente
sea creativa e independiente y libre. Todo el mundo sale ganando de que la
gente sea capaz de participar, de controlar sus destinos, de trabajar con
otros: puede que eso no maximice los beneficios ni la dominación, pero ¿por qué
tendríamos que preocuparnos de esos valores?
Un consejo a las organizaciones sindicales de los
profesores precarios
Ya sabéis mejor que yo lo que hay que hacer, el tipo de problemas a
los que os enfrentáis. Seguid adelante y haced lo que tengáis que hacer. No os
dejéis intimidar, no os amedrentéis, y reconoced que el futuro puede estar en
nuestras manos si queremos que lo esté.
Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro
sinpermiso electrónico se ofrece semanalmente de forma gratuita. No recibe
ningún tipo de subvención pública ni privada, y su existencia sólo es posible
gracias al trabajo voluntario de sus colaboradores y a las donaciones
altruistas de sus lectores
http://www.counterpunch.org/2014/02/28/on-academic-labor/27
quarta-feira, 1 de janeiro de 2014
Especuladores recompensam quem os defenda no meio acadêmico
Uma reportagem do New York Times revela o financiamento de Wall Street a professores universitários que nos últimos anos assumiram a defesa dos especuladores nos mercados do petróleo e alimentos.
O jornal norte-americano teve acesso às ligações financeiras que unem alguns dos maiores especuladores de Wall Street ao professor de finanças da Universidade de Houston Craig Pirrong. O professor interveio diversas vezes desde 2006 em cartas às autoridades reguladoras federais e até depôs na Câmara dos Representantes dos EUA, invocando a sua autoridade académica para provar a ausência de responsabilidade dos especuladores bolsistas nos picos registados nos preços do petróleo e outras matérias-primas e produtos alimentares, numa altura em que a regulação discutia impor mais restrições às operações dos bancos nesta área, na sequência da crise financeira.
Afinal, o professor Pirrong, cujos trabalhos eram citados nas ações judiciais interpostas por institiuções financeiras para bloquear as restrições à especulação bolsista, era ao mesmo tempo pago como consultor para uma das principais partes do processo, a Associação Internacional de Swaps e Derivados. Segundo o New York Times, embora Pirrong se apresentasse apenas como professor universitário, nos últimos anos foi pago pela bolsa de Chicago, o Royal Bank of Scotland e uma série de empresas que especulam nos mercados da energia.
Questionado sobre a origem dos seus ganhos fora do meio académico, Pirrong terá respondido apenas que “isso é entre mim e o fisco”. Mas ele não é caso único. O mesmo jornal aponta o professor da Universidade do Illinois Scott Irwin, um dos académicos mais citados em favor dos benefícios da especulação para a formação de preços nos mercados agrícolas, que é ao mesmo tempo consultor de uma das empresas que trabalha com bancos de investimento e fundos especulativos no mercado de matérias-primas. A sua universidade também recebe doações generosas quer da bolsa de Chicago quer de outros fundos que intervêm no mercado especulativo, que pagam bolsas de estudo, conferências e até a construção de um laboratório em tudo semelhante às salas de mercado bolsista.
Quando em 2008 o preço da gasolina subiu acima dos 4 dólares por galão nos EUA, o Congresso norte-americano ameaçou com a introdução de limites à especulação nos mercados do petróleo. “É uma caça às bruxas”, indignou-se Craig Pirrong em múltiplos artigos, incluindo no Wall Street Journal, desdobrando-se em conferências e ocupando lugares em comissões de aconselhamento na matéria. Por seu lado, os ensaios e opiniões de Scott Irwing foram promovidos para aparecerem em publicações influentes pelo próprio departamento de relações públicas da bolsa de Chicago, sendo frequente encontrar vídeos e entrevistas com este professor no site da Chicago Mercantile Exchange.
Mas o dinheiro dos especuladores não corre apenas diretamente para o bolso destes professores universitários. Para aumentar a sua notoriedade, também financiam revistas e sites na internet que promovem as figuras do meio académico mais favoráveis aos seus interesses. Ambos os envolvidos negam que o seu trabalho seja influenciado pelo dinheiro que recebem dos especuladores, mas o tema ressurge no debate público numa altura em que os reguladores discutem novos limites à especulação, por verificarem que ela pode contribuir não apenas para prejudicar os consumidores, mas também para provocar a escassez de comida, como se viu na crise alimentar do final da última década.
Fonte: AQUI.
Imagem: AQUI.
terça-feira, 19 de junho de 2012
Corrupción Universitaria y Crisis Financiera
![]() |
| Fonte da imagem AQUI. |
Académicos Mercenarios
Charles Ferguson · · · · ·
¿Por qué fue tan apagada la respuesta de los expertos académicos norteamericanos a la crisis financiera global? En este fragmento de su libro Inside Job, elaborado a partir de su extraordinario y difundido documental, Charles Ferguson sostiene que la corrupción está profundamente arraigada en las universidades.
Mucha de la gente que vio mi documental Inside Job se dio cuenta de que la parte más perturbadora de la película consistía en la revelación de los extendidos conflictos de intereses en las universidades, en centros de estudios y entre expertos académicos. Los espectadores que vieron mis entrevistas con eminentes profesores quedaron asombrados por lo que salía de su boca.
Sin embargo, no deberíamos sorprendernos. En las últimas dos décadas, los profesionales de la medicina han demostrado ampliamente la influencia que puede ejercer el dinero en un campo supuestamente objetivo, científico. En general, las escuelas y revistas médicas han respondido bien, adaptándose a los requerimientos de transparencia. La disciplina de la economía, las escuelas de negocios, las facultades de derecho y de ciencias políticas han reaccionado de manera muy diferente.
En los últimos treinta años, partes notables del mundo académico norteamericano se han degradado en actividades de "paga por jugar". En nuestros días, si vemos a un célebre profesor de economía prestar testimonio ante el Congreso, o escribir un artículo, hay muchas probabilidades de que le pague alguien con grandes intereses en lo que se está debatiendo. La mayor parte de las veces estos profesores no revelan estos conflictos de interés y la mayor parte de las veces las universidades miran hacia otro lado.
Media docena de firmas de consultoría, varias agencias de conferenciantes y diversos grupos de presión económicos mantienen extensas redes de especialistas académicos de alquiler con el propósito de abogar en favor de intereses económicos en los debates de política y regulación. Los principales sectores implicados son la energía, las telecomunicaciones, la atención sanitaria, el agribusiness y, de manera que no deja resquicio de duda, los servicios financieros.
Algunos ejemplos. Glenn Hubbard se convirtió en decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia en 2004, poco después de abandonar el gobierno de George W. Bush. Buena parte de su labor académica se ha centrado en la política fiscal. Un buen resumen sería decir que no ha visto nunca un impuesto que le gustase. En noviembre de 2004, Hubbard escribió conjuntamente con William C. Dudley, entonces economista jefe de Goldman Sachs, un artículo asombroso. El artículo, “Cómo los mercados de capital aumentan el rendimiento económico y facilitan la creación de empleo” merece citarse. Recordemos que hablamos de noviembre de 2004, con la burbuja ya bien en movimiento: "Los mercados de capital han ayudado a hacer menos volátil el mercado de la vivienda... Las 'restricciones crediticias' del género de aquellas que periódicamente cerraban la oferta de financiación a los compradores de vivienda… son cosa del pasado".
Hubbard se negó a revelar si le habían pagado por escribir ese artículo. También se negó a proporcionarme su última declaración oficial de transparencia financiera, que no pudimos obtener de ningún otro modo, pues la Casa Blanca la había destruido. A Hubbard le pagaron 100.000 dólares (63.000 libras) por declarar como testigo de la defensa de dos gestores de un hedge fund de Bear Stearns procesados en relación con la burbuja, que salieron absueltos. El año pasado, se convirtió en consejero asesor económico de la campaña presidencial de Mitt Romney.
Larry Summers ha desempeñado casi todos los puestos de importancia en la gestión económica gubernamental. Secretario del Tesoro con Clinton, en 2009 se convirtió en director del Consejo Económico Nacional de la administración de Obama.
Aunque sensato en muchas cuestiones, Summers ha cometido una serie de errores y arreglos bien documentados. Y sus opiniones sobre el sector financiero serían difíciles de distinguir de las de Lloyd Blankfein [jefe de Goldman Sachs], por ejemplo, o Jamie Dimon [jefe de J.P. Morgan].
La mayor parte de nuestra información sobre Summers proviene de declaración oficial de transparencia. La declaración de transparencia de 2009 establecía que sus ingresos totales estaban entre 17 y 39 millones de dólares. Sus ganancias totales del año anterior a incorporarse al gobierno fueron de casi 8 millones de dólares. Goldman Sachs le pagó 135.000 dólares por una sola conferencia.
Summers es un hombre de compromisos que debe la mayor parte de su fortuna y buena parte de su éxito político al sector de servicios financieros, y que estuvo implicado en algunas de las decisiones políticas más desastrosas del pasado medio siglo. En el gobierno de Obama, Summers se opuso a medidas contundentes para sancionar a los banqueros o recortar sus ingresos.
Harvard no le exige todavía a Summers transparencia en sus compromisos con el sector financiero. Tanto Harvard como Summers declinaron atender mis peticiones de información.
El problema de la corrupción académica está hoy tan profundamente arraigado que estas disciplinas, así como universidades destacadas, se ven gravemente comprometidas, y cualquiera que considere resistirse a la tendencia se sentiría racionalmente muy asustado. Pongamos por caso una situación como ésta: eres estudiante de doctorado o un miembro joven del profesorado, que está ponderando si llevar a cabo alguna investigación sobre, digamos, estructuras de compensación a la hora de tomar riesgos en servicios financieros, o las repercusiones potenciales de los requisitos de transparencia pública en el mercado de CDS (credit default swaps). El presidente de tu universidad es… Larry Summers.
El presidente de tu departamento es… Glenn Hubbard. O estás en el MIT [Massachussets Institute of Technology], y quieres examinar la caída en el pago del impuesto de sociedades. La presidenta del MIT es Susan Hockfield, que está en la junta de GE [General Electric], una empresa que ha evitado pagar prácticamente cualquier tipo de impuesto de sociedades durante varios años
¿En qué medida afectan estas fuerzas a la investigación y política académicas? La evidencia de la que disponemos sugiere que el efecto es considerable.
Los comentarios académicos sobre la crisis financiera han sido notablemente débiles. Existen, a buen seguro, notables excepciones. Pero en su mayor parte, el silencio ha sido ensordecedor. ¿Cómo se puede estructurar un sector entero de tal modo que a los empleados se les anime a saquear y destruir sus propias empresas? ¿Por qué fracasaron la desregulación y la teoría económica de modo tan espectacular?
La difusión de la película Inside Job tocó claramente una fibra con respecto a estas cuestiones. Se puso en contacto conmigo un gran número de estudiantes y profesores, y ha habido mucho debate. Hay departamentos, entre los que se cuentan los de la Escuela de Negocios de Columbia que han adoptado por vez primera requisitos de transparencia. Pero la mayoría de las universidades carecen todavía de esos requisitos, y pocas tienen limitaciones sobre la existencia de conflictos de interés. Lo mismo vale para la mayoría de las publicaciones académicas. Los periodistas tienen estrictamente prohibido aceptar dinero de cualquier sector u organización sobre la que escriban.
No es este el caso en el mundo académico.
Se ha producido un cambio positivo significativo. Este mismo año, la Asociación Norteamericana de Economía adoptó un requerimiento de transparencia para las siete revistas que publica. Pero la mayoría de las instituciones siguen oponiéndose a una mayor transparencia y, durante la realización de la película, se negaron siquiera a debatir la cuestión.
Charles Ferguson es fundador y presidente de la productora cinematográfica Representational Pictures, y director y productor de No End In Sight: The American Occupation of Iraq (2007) e Inside Job (2010), que consiguió el Oscar al Mejor Documental. Ferguson se doctoró en Ciencias Políticas en el MIT y trabajó como consultor independiente, especialista en tecnología de la información y creador de software. Este texto editado proviene del libro de reciente publicación Inside Job: the Financiers Who Pulled Off the Heist of the Century [Un trabajo desde dentro: los financieros que dieron el golpe del siglo], que detalla y prolonga mucho de lo tratado en el documental del mismo título.
Assinar:
Postagens (Atom)




