DANCINHA

segunda-feira, 21 de maio de 2012

IMIGRAÇÃO ALEMÃ (SEMELHANÇAS COM O BRASIL NÃO SÃO COINCIDÊNCIAS)

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Alemania ante el espejo de la emigración 

Àngel Ferrero · · · · · 

«Vienen a quitarnos el trabajo», «hay demasiados», «no se integran»... Todo esto se lo he oído decir a los alemanes de los turcos, rusos y españoles, a los españoles de los latinoamericanos, rumanos y árabes y a los árabes de los africanos. La inmigración es las más de las veces una matrioshka donde siempre hay alguien por debajo de ti. O por encima. Que se lo pregunten a los alemanes, que desde hace unas semanas se llevan las manos a la cabeza con las declaraciones de Natalie Rickli, una destacada político del Partido Popular Suizo (SVP). En una cadena de televisión local, Rickli se quejó de que en Suiza hay demasiados alemanes. Ya antes se había descolgado en el diario Sonntags-Blick afirmando que «cuando en las montañas suizas hay solamente Serviertöchter (camareras) alemanas y médicos alemanes que sólo atienden a pacientes alemanes, entonces dejo de sentirme como si estuviera en mi propio país.» Según Rickli, los inmigrantes alemanes suponen una carga para el estado y la sociedad suiza en todos sus aspectos –desde el mercado laboral, las escuelas y las universidades hasta el transporte público y los alquileres– y no sólo desplazan de sus puestos de trabajo a los trabajadores autóctonos, sino también a los en Suiza estimados trabajadores croatas o serbios. «Quien, como alemán, quiera saber qué siente un trabajador emigrante al no ser bien recibido en el extranjero, debería mudarse a Suiza», escribe el respetable semanario Spiegel, y añade: «para ser más exactos, a la zona germanoparlante del país. Allí un nada desdeñable 36% de la población opina que en su hermosa república alpina viven demasiados alemanes.» [1]

Estos trabajadores alemanes que hacen sus maletas para marcharse a Suiza lo hacen buscando, como todos, mejores salarios y condiciones laborales. Son la razón inmediata, probablemente por delante de las tendencias demográficas del país, de la cacareada carencia de mano de obra cualificada que ha atraído en los últimos dos años a miles de ciudadanos españoles, griegos e italianos a Alemania. El empobrecimiento de los países del sur de Europa y Europa oriental, que tensa las relaciones europeas entre centro y periferia, ha servido en última instancia para crear un enorme ejército industrial de reserva dispuesto a aceptar los puestos de trabajo que no quieren desempeñar los alemanes y a hacerlo tanto por peores condiciones laborales –salarios más bajos a cambio de jornadas de trabajo más largas– como por la ausencia, en la práctica, de toda protección sindical.[2] Peor todavía: si los alemanes se ven forzados algún día a retornar de Austria o de Suiza no sólo se encontrarán con que sus anteriores plazas de trabajo han sido ocupadas por otros, sino con un mercado laboral mucho más deteriorado. ¿Y qué lección han aprendido los alemanes de todo esto? Pues absolutamente ninguna. Los alemanes del Este no reciben más que varazos de sus compatriotas del Oeste –el último, el cierre de varias fábricas productoras de placas solares en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, que ha devuelto a la región a una segunda desindustrialización– y una vez más hacen las maletas para encontrar mejor suerte en el Oeste, en lo que supone un flujo migratorio interno silencioso, pero constante. Suficiente tienen con lo suyo como para protestar por los demás. Si éste es el trato entre alemanes, ¿qué les cabe esperar a los extranjeros? Éste es el Modell Deutschland para Europa, versión 2012: a este retorno a la extracción de plusvalía absoluta más cruda, sostenido por un ejército industrial de reserva constantemente desplazándose por Europa –lo que obstaculiza, por supuesto, toda unidad de los trabajadores–, con el que Alemania intenta mantener a toda costa su posición de nación exportadora frente a la creciente competencia de los países emergentes, se interponen sin embargo la complejidad del idioma y la falta de lo que los sociólogos alemanes dan en llamar “una cultura de bienvenida”, producto de la irregular historia del país. En Alemania un emigrante nunca se siente como en casa. Y quizá el objetivo sea precisamente ése: no por casualidad las autoridades de Alemania occidental acuñaron en la década de los cincuenta el término “Gastarbeiter”, que significa, literalmente, “trabajador invitado”. ¿Y qué invitado se queda a vivir para siempre en la casa de su anfitrión?

Si no se solventan estos problemas que se arrastran durante lustros, el resultado amenaza con ser explosivo. Por una parte, la creciente alienación de los países del sur de Europa del proyecto europeo, capitalizado por las élites franco-alemanas para su propio beneficio. Por la otra, una creciente división social en Alemania que viene acompañada de otra segregación, más peligrosa aún si cabe, de tipo racial, tanto en el ámbito educativo y laboral como en el urbano, con la aparición de barrios donde la población de inmigrantes pobres es ya mayoritaria. Y ya sabemos por lo ocurrido en el Reino Unido en los ochenta y en las banlieues francesas en los noventa adónde conducen estos polvorines sociales. La cosa sería ya grave si no fuera porque algunos partidos políticos comienzan a cosquillear peligrosamente la glándula del nacionalismo alemán buscando votos en un sistema de partidos cada vez más fraccionado. Y no sólo, como cabría esperar, la extrema derecha y los conservadores.[3] Entrevistado por el diario Bild, el socialdemócrata Peer Steinbrück se declaró en contra de la expulsión del partido de Thilo Sarrazin por sus tesis racistas basadas en teorías seudocientíficas –«aparte del último capítulo, apenas puede decirse nada en contra de la mayor parte del análisis de Sarrazin»– y añadió que quien emigre a Alemania «debe aportar con su cualificación una plusvalía y no ser una carga [para el Estado]» [4] Si de una virtud no carece Steinbrück ésa es la claridad de expresión. Peer Steinbrück, que fue ministro de Finanzas en el anterior gobierno de Merkel –«el multiculturalismo ha muerto», recuerden–, será probablemente el próximo candidato a la cancillería del SPD, un partido que, si no recuerdo mal, en una ocasión estuvo por algo así como el socialismo e incluso mucho antes por el socialismo sin más.

Alemania, ¿tierra de emigrantes?

Por eso acaso convenga recuperar un artículo de Michael Bodemann aparecido el otoño pasado en el Blätter für deutsche und internationale Politik sobre los emigrantes alemanes en Estados Unidos que mereció mayor atención y que es –o debería de ser– una llamada a la humildad. [5]

Como su autor recuerda al comienzo del artículo, en los siglo XVIII y XIX los alemanes llegaron a constituir en algunas zonas de los EE.UU. la comunidad de inmigrantes más numerosa, lo que generó el rechazo frontal de los colonos anglosajones. Así, a mediados de la década de los cincuenta del siglo XVIII, la administración y la iglesia de Pensilvania exigió –pero no consiguió– el establecimiento de matrimonios forzosos entre alemanes y anglosajones así como la prohibición de hablar el alemán en público. Los mismísimos Founding Fathers Thomas Jefferson y James Madison temían que la religión y el régimen absolutista del que procedían los alemanes acabase suponiendo una amenaza a la neonata república estadounidense. Benjamin Franklin fue más lejos todavía y afirmó en una carta que «quienes llegan hasta aquí son por lo general del tipo más ignaro y estúpido de su propia nación... y dado que pocos de los ingleses entienden el idioma alemán, no pueden dirigírseles desde la prensa o el púlpito, haciendo prácticamente imposible eliminar los prejuicios que pudieran ocuparles... No estando acostumbrados a la libertad, no saben hacer un uso modesto de la misma... Aún recuerdo cuando modestamente declinaron toda intromisión en nuestras elecciones, pero ahora llegan en masa, y traen a todos consigo, excepto en uno o dos condados... En pocas palabras, el flujo de su importación debería dirigirse de ésta a otras colonias, como Ud. juiciosamente propone, pues de lo contrario pronto nos superarán en número de tal modo que todas las ventajas que tenemos no seremos en mi opinión capaces de preservarlas, sea nuestro lenguaje, e incluso nuestro gobierno.» Y en otro lugar, y en tonos abiertamente racistas, se preguntaba: «Por qué Pensilvania, fundada por los ingleses, debería convertirse en una colonia de extranjeros, que dentro de poco serán tan numerosos que nos germanizarán en vez de anglificarlos nosotros a ellos, y que nunca adoptarán nuestro idioma y costumbres como no pueden adquirir nuestra complexión física. Lo que me lleva al siguiente comentario: que el número de gente puramente blanca en el mundo es proporcionalmente muy pequeño. Toda África es negra o morena (tawny). Asia principalmente morena. América (excluyendo a los recién llegados) también lo es por completo. Y en Europa, los españoles, italianos, franceses, rusos y suecos son por lo general lo que denominados de complexión atezada (swarthy); como también lo son los alemanes, con la salvedad de los sajones, quienes, junto con los ingleses, constituyen el cuerpo principal de gente blanca sobre la faz de la Tierra.» [6] Tal era el miedo a la presencia de los alemanes que, hasta el día de hoy, EE.UU. carece de lengua oficial, pues se temía que cualquier votación condujese a la victoria del alemán –un idioma que, por lo demás, unía a los inmigrantes alemanes, austriacos y suizos independientemente de su confesión religiosa (protestante, católica o judía)– por encima del inglés.

El primer flujo migratorio, del siglo XVII hasta 1815, se compuso de menonitas, huteritas y otras confesiones anabaptistas perseguidas en Europa, y dejó paso según Bodemann a un segundo período que se extiende desde el Congreso de Viena de 1815 hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Durante este período fueron los exiliados de la fracasada Revolución de marzo de 1848 quienes dejaron una mayor huella en los Estados Unidos. Los alemanes, escribe Bodemann, «se concentraban en “Little Germanies”, como ocurrió en Nueva York, Milkwaukee, Baltimore, St. Louis y Filadelfia. En Chicago, entre 1850 y 1914, entre el 25 y el 30% de la población era de origen alemán.»

Durante todo este espacio de tiempo los alemanes constituyeron lo que hoy se conoce como una “sociedad paralela”: «Los inmigrantes, también en la segunda generación, seguían hablando alemán, leyendo periódicos alemanes, llevando a sus hijos a escuelas alemanas, atendiendo misa en lengua alemana, celebrando festividades alemanas, acudiendo los fines de semana durante el verano a los Biergarten y en invierno consumían su tiempo, en una economía comunitaria, en sus propios clubes de caza, sociedades obreras o coros y teatros en lengua alemana.» Sus costumbres siguieron siendo durante mucho tiempo –por extraño que nos parezca ahora, cuando los conservadores creen haber fundido la diversidad cultural europea en las supuestas “raíces cristianas” (o incluso “judeocristianas”) de Europa– ajenas a la población estadounidense. Así, mientras para los puritanos era «el domingo un día de reflexión, de recogimiento en la parroquia y en el hogar, para los alemanes, independientemente de si eran protestantes, católicos o socialistas, era un día para pasar con la familia haciendo picnic o en los Biergärten, con cerveza y canciones.» Tanto rechazo generaban los alemanes que «la contratación de alemanes fue percibida como un signo de deslealtad en la joven nación de orientación anglosajona, y en algunos lugares se intentó por medio de la legislación obstaculizar la apertura y el funcionamiento de las escuelas alemanas.» Los alemanes fueron, junto a los irlandeses, el grupo étnico más discriminado en Estados Unidos. Una noticia del Christian Examiner de 1851 comenzaba con la siguiente advertencia apocalíptica: «dos razas han aparecido para desafiar el predominio de los ingleses […] hablamos por supuesto de los irlandeses y de los alemanes.»

La población anglosajona miraba con inquietud y desconfianza a los recién llegados. ¿Era su intención como súbditos del káiser fundar un imperium in imperio en los Estados Unidos? ¿O traían consigo algo todavía peor? Michael Bodemann recuerda que «en torno a 1850 [los alemanes] constituían más del 80% de la fuerza de trabajo, y aún en 1900 dos tercios de la misma.» De los ocho acusados en los sucesos de Haymarket en Chicago –el origen de la celebración del Primero de Mayo–, por ejemplo, seis eran de origen alemán y los carteles llamando a la manifestación se imprimieron en inglés y en alemán. El Chicago Tribune publicó la siguiente y reveladora crónica: «los más entusiastas de entre el público eran los alemanes. Entre sus filas había igualmente un enorme número de polacos y bohemios (Böhmisch), junto a personas de aspecto estadounidense que se acercaron a observar qué ocurría.» A lo que Bodemann comenta con acierto: «alemanes como participantes entusiastas, americanos como espectadores pasivos. Aquí vemos cómo se alza el dedo acusador que dice: “como inmigrantes no anglosajones estáis obligados a ateneros a las normas estadounidenses existentes, y vuestro socialismo no pertenece a ellas.»

Los germano-americanos fueron obligados a asimilarse por completo y renunciar a su identidad en la Primera Guerra Mundial, aprovechando las hostilidades con el Segundo Imperio que desataron una oleada de germanofobia por todo el país. Del sentimiento como tales –a diferencia de afroamericanos, asiático-americanos, etc.– no queda ni rastro. Pero por otra parte, su tradición cultural enriqueció la cultura estadounidense (cuyo melting pot es, sin duda, el producto más valioso): las icónicas hamburguesa y hot dog –o, si lo prefieren, frankfurts o wieners– son, como no es difícil deducir, de origen alemán, como lo son el abeto navideño o Santa Claus. Los alemanes trajeron consigo la cerveza, una bebida que favorece el consumo social frente al individualista whisky. «Hoy –concluye Bodemann– nos planteamos la cuestión de si el pasado germano-americano en la época de la Primera Guerra Mundial es un espejo de nuestro propio futuro en Alemania o si la sociedad alemana –como ocurrió, al menos parcialmente, en los Estados Unidos antes de la Primera Guerra Mundial– está dispuesta a seguir aceptando el multiculturalismo.»

Alemania se mira ante el espejo de la emigración y no se reconoce.

Notas:

[1] “Schweiz: SVP-Politikerin Rickli sieht Masse der Deutsche als Problem”, Spiegel, 29 de abril de 2012. [2] Jörn Boewe, “El nuevo ejército industrial de reserva”, Sin Permiso, 24 de julio de 2011. [3] A comienzos del mes de marzo la ministra Ursula von der Leyen anunciaba la exclusión de las ayudas Hartz-IV para los ciudadanos de 14 países de Europa, Noruega, Islandia y Turquía que no hayan trabajado en Alemania. Véase: “Arbeitsmarkt: Regierung will Hartz-IV für EU-Zuwanderer stoppen”, Spiegel, 9 de marzo de 2012; Rafael Poch, “Alemania se vacuna contra la emigración oportunista del sur de Europa”, La Vanguardia, 10 de marzo de 2012. [4] “Steinbrück gegen Auschluss von Sarrazin aus der SPD”, Bild, 10 de febrero de 2011. [5] Michael Bodemann, “Der deutsch-amerikanische Bindestrich. Eine Lektion in Multikulti aus der Geschichte der USA”, Blätter für deutsche und internationale Politik, n. 7/2011, 111-120. [6] “Ben Franklin on 'Stupid, Swarthy Germans'”, Dialog International, 5 de febrero de 2008.

Àngel Ferrero es miembro del Comité de Redacción de SinPermiso.


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