sexta-feira, 13 de outubro de 2017

Inteligência Artificial




Glauco Arbix, desde São Petersburgo

Nos Estados Unidos, as pesquisas sobre inteligência artificial (IA) vêm de longe. Mas aceleraram de modo extraordinário nos últimos cinco anos, por conta da velocidade dos computadores, do aumento de sua capacidade de armazenamento, da queda de seu custo e, principalmente, pela sofisticação de sua pesquisa. Os avanços atuais ocorrem nas universidades, em empresas de alta tecnologia como o Facebook, Amazon, Apple, Google, IBM mas também em empresas industriais, como a Tesla e Nvidia.

Em sintonia com essa trajetória, o Conselho de Estado chinês anunciou em julho seus planos para fazer da China o principal centro de Inteligência Artificial em 2030. Empresas como a Baidu, Alibaba e Tencent, que já tinham foco em IA, serão agora mais incentivadas e vitaminadas pelo Estado.

Na mesma linha, a Rússia revelou suas intenções com a IA em setembro. O presidente Vladimir Putin afirmou que a “inteligência artificial é o futuro, não só da Rússia, mas também da humanidade”. E cravou as intenções do estado russo de se destacar na disputa nesse campo do conhecimento, tido como pré-condição para comandar o mundo.

O ponto central é que as novidades ligadas a IA atingem as pessoas diariamente, com dispositivos cada vez mais precisos de reconhecimento de imagens, voz, de face, de tradução, de captação de tendências e até mesmo de identificação do gosto de cada um. Áreas como a saúde, transporte, varejo, bancos, energia, manufatura e agricultura já vem sendo desestabilizadas por muitos desses avanços, que prenunciam tempos difíceis para aqueles que insistem em permanecer céticos em relação ao potencial da IA. Empresas de todo tipo e porte, instituições como as universidades e os governos estão instados a se envolver na geração e ampliação desse corpo de conhecimento, principalmente porque há questões de fundo ligadas à IA que não encontram resposta fácil. Questões caras a qualquer sociedade, já que envolvem transformações na economia, em valores éticos, legais, regulatórios, além de incidirem fortemente sobre pobreza, desigualdade, privacidade, emprego e renda, para não citar a educação, calcanhar de Aquiles do nosso país e fundamental para a imensa maioria dos trabalhadores.

Com essas preocupações, aqui de São Petersburgo vejo o professor Alexi Samsonovich do Departamento de Cibernética do Instituto de Engenharia e Física de Moscou, declarar que os pesquisadores russos estão no limite de anunciar um “major breakthrough” em IA.

Os ares são de segredo, mas o tema de máquinas emocionalmente inteligentes frequenta as conversas. Samsonovich já havia feito anúncio semelhante em Nova Iorque, há algumas semanas. O que se sabe é que ele e sua equipe desenvolvem atualmente um Ator Virtual, que seria capaz de planejar, fixar objetivos e apresentar caminhos para ampliar a relação entre as pessoas. A ver, pois os resultados podem se mostrar como mais uma promessa não cumprida da IA.

O instigante, porém, é a disposição existente para enfrentar desafios ambiciosos, o que é fonte de energia e de atração de uma legião de jovens pesquisadores que passam a trabalhar com os olhos no futuro.

Como brasileiro, confesso que sinto um pouco de inveja desse entusiasmo. O Brasil poderia fazer muito mais nesses domínios com a qualificação de seus pesquisadores. Nos tempos de hoje nosso país se perde e atira no próprio pé com os cortes indiscriminados em Ciência, Tecnologia e Inovação, como vem ocorrendo. É uma pena. Como na época do boom da microeletrônica, o Brasil corre o risco de perder mais uma grande oportunidade de dar um salto.

Minha universidade, a USP, com certeza poderia concentrar esforços e reunir pesquisadores e pesquisadoras das engenharias, da matemática, física, de todas as humanidades na construção de um grande polo de Inteligência Artificial, fundamental para animar redes no Brasil e no exterior.

Seria bom se os candidatos a reitor da USP, em meio ao processo eleitoral que culminará com a eleição no final deste mês, pelo menos piscassem como sinal de simpatia pelo tema. É a forma concreta de se batalhar pela valoração da pesquisa, sem se perder nos meandros da ideologia, como o meio mais eficaz de se colocar a USP no mesmo nível que as grandes universidades do mundo.

Outubro de 2017

terça-feira, 12 de setembro de 2017

¿Qué hacemos con el miedo?

 

Alberto Tena 05/09/2017


El temor, la inseguridad, la percepción del riesgo son características de las sociedades humanas que no podemos simplemente relegar al núcleo de construcción del fascismo, e incluso rechazar como emociones oscuras.

Que entre los sentimientos más importantes que gobiernan nuestras vidas esté el miedo parece algo que podríamos asegurar sin el apoyo de muchos datos ni contrastados análisis. En la actualidad, se han acuñado conceptos como posverdad para intentar hablar de los populismos, y tratar así de identificar la supuesta irracionalidad de estos sentimientos en política. Pero la verdad es que estos siempre han estado presentes, y entre ellos el miedo y la búsqueda de seguridades, que, como estamos viendo ahora mismo en la campaña electoral francesa, sigue estando en el centro de los problemas europeos.

Para el psicoanálisis, el miedo se produce cuando la angustia, la pulsión del cuerpo sin objeto, encuentra un objeto al que agarrarse. Cuando las personas relacionan directamente la angustia que sienten con algo específico y permanente, la angustia se constituye en una fobia. La fobia aparece para atar ese conflicto entre la pulsión y su representación, su identificación con un objeto concreto que se ata a tu identidad. Cuando vemos que la mayor parte de los derechos y seguridades que tenemos a nuestro alrededor se desmoronan, el miedo puede manifestarse en fobia; como la xenofobia, miedo al extranjero, con la que se está dando una respuesta en todo Occidente en estos momentos. Esta angustia en torno a la que se constituye el miedo es de esas emociones que se vuelven muy pegajosas a nuevas representaciones y que mucho tienen que ver en general con la gente que tiene poca seguridad material a la hora de afrontar al futuro. Por eso, en general, la búsqueda de seguridad y protección ha estado tradicionalmente muy vinculada a las demandas del movimiento obrero y de los colectivos con menos poder social.

Cuando hablamos de seguridad, a secas, pensamos en un posible Ministerio de Seguridad y Defensa, que nos proteja frente a otros externos, y, en los últimos tiempos, se nos vienen a la cabeza con gran preocupación Marine Le Pen y Donald Trump. Desde el primer día que escuchamos hablar de ellos, la seguridad y protección de sus nacionales frente a los extranjeros mexicanos o islámicos, o contra la globalización y la Unión Europea y sus oligarquías, ha sido la bandera que ha ondeado en cada uno de sus discursos. La seguridad como bandera para construir comunidades políticas cerradas, con menos derechos y menos democráticas. Pero el miedo, la inseguridad, la percepción del riesgo son características de las sociedades humanas que no podemos simplemente relegar al núcleo de construcción del fascismo, e incluso rechazar como emociones oscuras. Ya se sabe, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento, el sufrimiento al lado oscuro. En algún momento de esa cadena es fundamental hacernos cargo de estos sentimientos colectivos. Estas emociones han sido en realidad uno de los ejes fundamentales en torno a los que se han construido muchas de las instituciones más útiles y avanzadas para el movimiento obrero y para las personas con menos poder en nuestras sociedades.

“Seguridad Social” probablemente pueda significar cosas distintas para personas distintas, pero en general tenemos la idea de que trata sobre del deseo colectivo de tener una mayor protección frente a los múltiples problemas de la vida (por lo general en el mercado de trabajo), frente a la enfermedad, a las privaciones materiales y a la incertidumbre; e igual nos acordamos del Fondo de Reserva que vemos en los gráficos cada día en el telediario en bajada continua; y alguna gente, en los colectivos, plataformas y centros sociales, que les han permitido construir pequeños espacios de tejido comunitario; o las familias como último resorte de protección al que acudir cuando algo va mal. El 17 de noviembre de 1881, en el célebre discurso de Bismarck en el Reichstag, en el que se dijo eso de “es necesario un poco de socialismo para evitar tener socialistas”, en realidad, también se reconoció por primera vez colectivamente la misión de responsabilizarse del cuidado de todos los miembros de la sociedad sin que fuera la caridad la que tuviera que ocuparse de ello. En los siguientes años se fueron adoptando una serie de leyes sobre seguros contra los accidentes de trabajo, la invalidez y la vejez, y un sistema legislativo del que todavía hoy el sistema alemán conserva muchas de las características. Si tuviéramos que encontrar una única frase para definir el espíritu de lo que han sido los Estados de Bienestar de la posguerra, nos quedaríamos con la definición de Lord Beveridge según la cual todos los países democráticos avanzados deberían aspirar a poder garantizar a todos los ciudadanos la “seguridad de la cuna a la tumba”.

Actualmente nos enfrentamos a nuevos riesgos sociales: la globalización, el desempleo tecnológico, el fenómeno de los trabajadores pobres, los cambios en los roles familiares debido a la incorporación masiva, si bien incompleta y precarizada, de las mujeres al mercado de trabajo, el envejecimiento de la población y la inmensa cantidad de trabajo de cuidados socialmente necesarios que esto conlleva, el desempleo juvenil, o, en el caso español en especial, la extensísima pobreza infantil. Los sistemas de “seguridad social” bismarckianos nunca se imaginaron que podía suceder algo como la aparición de los trabajadores pobres. El pleno empleo y una familia (unas mujeres) constituían las bases para el bienestar. Pero ese sistema de Bienestar no está pensado para los problemas a los que tienen que hacer frente la mayoría de la población porque está construido bajo supuestos sociales que ya no se corresponden con la realidad: el pleno empleo como normalidad a partir de la cual se consolidan derechos; y la familia, fundamentalmente un grupo de mujeres, como institución que se iba a encargar de las tareas que permiten sostener una vida que pueda ser después empleada por alguien en el mercado de trabajo, para producir valor, ganar dinero, estatus social y de ahí una serie de derechos y condición de ciudadanía.

Una de las propuestas de mayor calado en cuanto a cambio de perspectiva en relación a las políticas que tienen que llevar cabo los Estados de Bienestar para afrontar estos nuevos riesgos es la de la Renta Básica. Y aunque tradicionalmente sus defensores hayan apuesto el acento en su capacidad de generar mayor libertad (real) para las personas, la seguridad, es también uno de los elementos clave. De los diferentes proyectos piloto que se han puesto en práctica en todo el mundo, uno de los más famosos es el que se hizo entre 1974 y 1979 en Dauphin, Canadá. El experimento consistió en proporcionar una renta de forma incondicional a toda la población con un cálculo inversamente proporcional a los ingresos que cada persona percibía por su empleo. La mayor estudiosa de lo que ahí sucedió es la economista Evelyn L. Forget, que realizó un trabajo especialmente profundo en lo que tiene que ver con el análisis de variables vinculadas a la salud, hospitalizaciones, salud mental etc. Todos esos indicadores mostraron mejoras considerables, pero no exclusivamente entre los individuos que recibían finalmente esa renta. Cuando Evelyn Forget trató de explicar por qué sucedía esto también entre las personas que no estaban recibiendo esos ingresos -- su salario superaba el umbral establecido en ese momento-- dijo que la clave era que esta renta que se garantizaba a las personas era percibida por los ciudadanos como una especie de póliza de seguros contra la pobreza en el futuro, y era esto lo que activaba toda una serie de mecanismos virtuosos vinculados a la salud en toda la zona de Dauphin. Las políticas de protección social deben ocuparse tanto de quienes ahora mismo están en situaciones de privación total y son los más vulnerables, que se entiende normalmente como los sujetos de las políticas de protección social, como de quienes en este momento están mejor, pero tienen la necesidad de sentirse seguros ante la posibilidad de circunstancias adversas en algún momento de su ciclo vital.

La seguridad ha sido una de las ideas fundamentales que ha sido capaz de organizar el orden político surgido de entreguerras que ahora está en crisis. La existencia de una subjetividad organizada, capaz de imaginar horizontes vitales sin demasiados sobresaltos, ha sido una de las claves que ha permitido mantener y proyectarse a la mayoría hacia posibilidades de progreso personal y colectivo. Este imaginario de seguridad se ha perdido para una gran parte de la población, y es probable que sea tarea nuestra reconstruirlo, hacernos cargo de estos sentimientos colectivos para tratar de darnos una respuesta. Socializar las tareas de cuidados como un derecho, una renta básica que nos asegure la existencia material a todo el que viva en el territorio, abrir todas las posibilidades de generar vínculos colectivos que nos ayuden a construir ese sentimiento de comunidad son tareas que no tienen que ver exclusivamente con la justicia social, ni solo con el progreso económico, sino que probablemente traten sobre una de las pocas garantías de construir un orden nuevo, capaz de sostener la vida de las personas en uno de los momentos de mayor incertidumbre global. En 2011 el colectivo Juventud Sin Futuro declaraba que la única forma de afrontar ese futuro incierto, sin casa, sin curro y sin pensión, era quitarse el miedo. Entonces sonó a una afirmación, pero probablemente es una necesidad, apartar el miedo sigue siendo una tarea política fundamental.


Alberto Tena es politólogo, especialista en políticas públicas y sociales

Fuente:
http://ctxt.es/es/20170524/Firmas/12868/CTXT-seguridad-miedo-Trump-Le-Pen-Tena.htm#.WSaU0CP_KCS.twitter

quinta-feira, 27 de julho de 2017

PORTO ALEGRE CERVEJEIRA






Água, cevada maltada, lúpulo, fermento: essa é a composição clássica da cerveja, que permite infinitas combinações. Desde muito tempo, porém, outros condimentos eram e são utilizados no processo de produção das cervejas, tais como coentro, cascas de laranjas, camomila, pimentas, etc. Alguns cervejeiros também gostam de temperar suas criações com baunilha, cacau, canela e até abóbora. Essas especiarias servem como complemento, para realçar o sabor de determinados tipos de cervejas.

Outras fontes de amido são utilizadas na fabricação de cervejas, como o milho e o arroz, para substituir parcialmente a cevada maltada. Isso é feito na produção em grande escala, para diminuir os custos e, assim, baratear o preço final. O impacto negativo na qualidade da cerveja, porém, é muito grande. Algumas pessoas pensam que o produto final, após a adição desses complementos, não é na realidade uma cerveja e sim outra bebida similar.

As grandes produtoras de cerveja utilizam muitos aditivos químicos no processo de produção, transformando seus produtos em verdadeiras sopas químicas, prejudiciais à saúde.





Estive conversando com um amigo Cervejeiro, sócio de uma cervejaria de médio porte, abaixo citado como fonte. Ele explicou que quando vai introduzir uma nova cerveja na linha de produção, inicialmente cria uma receita. Após, produz artesanalmente a cerveja e a bebe, sozinho ou, preferencialmente, com amigos e amigas. A partir dessa degustação realiza uma crítica e repete a produção artesanal várias vezes, com novas degustações, até chegar ao ponto que considera ideal. Somente então oferece a seu sócio a possibilidade de colocar na linha de produção. É um processo criativo meticuloso, porém creio que ele não sofra muito com isso. Normalmente o sócio dele faz ajustes para possibilitar que, a partir de então, a nova cerveja tenha características padronizadas.

Essa forma de produção é muito distinta das grandes indústrias de cerveja que, com poucas exceções, produzem de forma automatizada bebidas destinadas ao consumo de massa.

Alguém poderia dizer que essa forma de colocar são generalizações. De fato, são. Coloquei dessa forma apenas para destacar dois modos de produção com formatos muito diferentes entre si.



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Dá para dizer que, tradicionalmente, Porto Alegre é a cidade dos “Bar Chopp”. É sem dúvida uma característica local. Alguns ainda estão em atividade, como o Tuim e a Caverna do Ratão. Outros não existem mais, porém marcaram época. É o caso do Líder, Gato Preto, Liliput e tantos outros.

Nesses bares não tinha erro. Era servido Chopp gelado, acompanhado por almôndegas, bolinhos de bacalhau ou os famosos sanduíches abertos, além de outros petiscos tradicionais.

Praticamente todas as pessoas apreciadoras de cerveja tinham o “seu” Bar Chopp predileto, que era frequentado de forma quase cerimonial.

Esses estabelecimentos foram os antecessores dos atuais bares e botecos que surgiram após uma verdadeira “onda” de crescimento do consumo de cervejas artesanais e especiais.

Outra curiosidade sobre Porto Alegre: a primeira Oktoberfest realizada no Brasil, ocorreu na SOGIPA, em 1911, em comemoração ao centenário da primeira Oktoberfest alemã.


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No final do século XIX, Porto Alegre se destacava por ser uma espécie de capital da cerveja no Brasil. Havia 21 fabricantes, segundo o historiador Gunter Axt. A maior parte se localizava no bairro Floresta.

No início do século XX ocorreu um fenômeno de decadência econômica e financeira das cervejarias existentes, principalmente em função da expansão da carioca Brahma e da Antárctica Paulista.

Em 1924 foi realizada a fusão de três empresas familiares remanescentes (Bopp, Sassen e Ritter), para fazer frente à Brahma e Antárctica. Em 1945 esse empreendimento passou a ser denominado oficialmente Cervejaria e Maltaria Continental e funcionava na Av. Cristóvão Colombo, onde atualmente funciona um Shopping. Em 1946 a Continental acabou sendo incorporada pela Cervejaria Brahma.

A partir de então ocorreu gradativamente uma brutal concentração do mercado cervejeiro brasileiro.

Mais recentemente, em meados dos anos 90, ocorreu o início de um novo fenômeno: o surgimento de pequenas cervejarias alternativas às gigantes do mercado.

Não foi um fenômeno isolado. Aparentemente uma certa quantidade de pessoas de forma crescente, em várias partes do País, se deram conta que existia a possibilidade de produção de cerveja diferente do padrão das grandes produções.

Um número cada vez maior de pessoas passou a produzir, de forma artesanal, sua própria cerveja.

Em Porto Alegre, o surgimento da Dado Bier em 1995, foi um delimitador marcante em relação a essa nova cultura. A Dado Bier, em seus rótulos, declara ter sido a primeira Micro Cervejaria criada no Brasil.

Outro precursor dessa nova fase foi Gustavo Dal Ri. Gustavo produzia cerveja artesanal desde 1984, porém no ano de 2002 formalizou a criação de uma empresa dedicada à produção de cerveja, a Cervejaria Schmitt, primeira empresa a produzir cerveja artesanal em garrafa no Rio Grande do Sul.

A partir de então muitas microempresas dedicadas à produção de cerveja artesanal foram criadas, algumas conquistando renome nacional e até internacional.

Não vamos citar essas novas cervejarias para não cometer injustiças, porém calcula-se que existem em torno de 40 cervejarias com essas características em funcionamento na Capital das Gaúchas e Gaúchos.

A partir do ano de 2005 iniciou um fenômeno que atualmente está cristalizado: o surgimento de bares dedicados à comercialização de cervejas artesanais e especiais, com harmonização gastronômica específica.

Os primeiros estabelecimentos com essas características foram o Bierkeller, Água de Beber e Biermarkt, porém logo estabelecimentos similares se disseminaram. Atualmente existem vários bares, pubs, etc, que têm como centro de sua atuação a produção e/ou comercialização de cervejas artesanais e especiais.


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A primeira associação de pessoas em Porto Alegre destinada à produção de cerveja artesanal foi a Confraria da Cerveja da SOGIPA – Bierkeller, fundada em novembro de 2004.

Conforme registrado no site da ACERVA Gaúcha – Associação dos Cervejeiros Artesanais do RS, a Confraria da Cerveja da SOGIPA foi fundada com o objetivo de difundir a cultura da cerveja, estudar, pesquisar, produzir artesanalmente e degustar diversos tipos de cerveja.

O grupo fundador era composto desde simples degustadores até pessoas mais experientes, que já produziam artesanalmente suas cervejas em casa. Troca de experiências, promover palestras e eventos ligados ao conhecimento da cerveja também estavam nos objetivos da Confraria, que continua atuando até o presente momento, com duas reuniões mensais fixas: uma para produção de cerveja e outra para degustação.

Em julho de 2007 foi criado o embrião da ACERVA Gaúcha, movimento esse liderado inicialmente pelos cervejeiros Eduardo Boger, Leo Sassen e Jorge Gitzler. 

A fundação oficial da ACERVA Gaúcha, porém, somente ocorreu em novembro de 2007, com estrutura inspirada nas pioneiras ACERVAS Carioca e Mineira. Este fato ocorreu em encontro realizado na casa do cervejeiro Ronaldo Nast.
 
Convém registrar que em agosto de 2010 foi fundada, também, a Associação Gaúcha das Microcervejarias – AGM, organização encarregada pela congregação e defesa dos interesses das Microcervejarias no Estado do Rio Grande do Sul.

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A Revista da Cerveja, em sua edição nº 26 (janeiro/fevereiro de 2017), publicou o resultado de levantamento efetuado pelo Instituto da Cerveja Brasil – ICB, com dados inéditos sobre o mercado cervejeiro brasileiro, com destaque para a evolução da cerveja artesanal.

A pesquisa aponta que o Brasil continua sendo o terceiro maior produtor mundial de cerveja, com um volume de 138,6 milhões hL/ano.

Com a instabilidade da economia, as vendas no mercado de cervejas mainstream caíram: de 2015 a 2016 (janeiro a outubro), houve queda de 1,8%.

Apesar dessa baixa no mercado como um todo, o mercado de cervejas artesanais vai no sentido oposto.

Mesmo representando apenas 0,7% do volume total de cervejas no Brasil, aproximadamente 91 milhões L/ano, há um claro aumento no número de cervejarias artesanais nos últimos 11 anos.

Foram contabilizadas 372 cervejarias artesanais funcionando até o final de 2015, 17% a mais que em 2014.

A taxa de crescimento média está acima de 50 novas cervejarias por ano, quase uma nova empresa por semana.

As estimativas do ICB para 2016 acompanham esse ritmo: “acredita-se que em torno de 60 novas cervejarias tenham iniciado sua produção nesse ano, o que leva o país ao número de 432 cervejarias até o final de 2016”, aponta o documento.

A pesquisa ainda aponta um dado já sentido pelos consumidores: 91% das micro cervejarias estão nas regiões Sul e Sudeste, refletindo a concentração econômica do país.

A maior parte das cervejarias artesanais brasileiras é de pequeno porte, com produção média de 20 mil L/mês.

Mesmo com a crise político-econômica que atinge o país, o mercado de cervejas artesanais continua em crescimento e com boas perspectivas para os próximos anos.

“Levantamentos junto aos principais stakeholders deste mercado levam o Instituto da Cerveja a apostar na continuidade desse crescimento: a aposta é de que o número chegue a pelo menos 500 até o final de 2017”, registra a pesquisa.


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Não é exagero dizer que Porto Alegre atualmente se constitui em uma referência quando se trata de produção de cerveja artesanal, em relação a todo o país.

Atualmente existem várias cervejarias produzindo cervejas reconhecidas nacionalmente e até internacionalmente, em função de sua qualidade.

Existe até uma espécie de polo, na zona norte da cidade, onde se concentram em torno de 10 cervejarias de pequeno e médio porte.

Esse polo cervejeiro tem atraído a atenção dos apreciadores de cerveja de outros locais. Até um roteiro turístico foi criado, organizado pelo Sebrae/RS, para visitação organizada a algumas cervejarias.

Além disso, a produção informal de cervejas artesanais, em casas, apartamentos e garagens, é um fenômeno crescente, que desafia as estatísticas.

A produção e degustação de cervejas artesanais de qualidade tem se tornado uma verdadeira paixão para as pessoas envolvidas.

Por outro lado, observa-se um movimento de questionamento em relação a autoridades municipais, com foco nas autorizações para funcionamento.

Há uma queixa generalizada dos cervejeiros em relação ao excesso de burocracia para constituição e liberação de documentos necessários para funcionamento das pequenas produções de cerveja.

Esse fato, somado à carga de impostos estaduais e federais, é atualmente um empecilho para que o setor se desenvolva com mais rapidez.

As organizações que congregam os cervejeiros artesanais e produtores de micro e pequeno portes estão engajadas para solucionar os entraves atualmente existentes e contam com a sensibilidade do poder público.

Saúde!



Omar Rösler, em junho de 2017.


BEBA MENOS. BEBA MELHOR!
SE BEBER NÃO DIRIJA!






Fontes:



Jorge Gitzler: ex-Presidente da Associação dos Cervejeiros Artesanais do Rio Grande do Sul – ACERVA GAÚCHA, da Associação Gaúcha das Microcervejarias – AGM e da Associação Brasileira de Cervejarias Artesanais – ABRACERVA.



Gustavo dal Ri: sócio proprietário da Cervejaria Schmitt.



João Carlos Kerber Neto e José Otávio Kerber: sócios proprietários da Cervejaria Whitehead.



Revista da Cerveja: www.revistadacerveja.com.br



Acerva Gaúcha: www.acervagaucha.com.br



Blog Cervisiafilia: http://cervisiafilia.blogspot.com.br/