DANCINHA

segunda-feira, 4 de fevereiro de 2013

A MAIORIA DE OBAMA



La mayoría de Obama  

Harold Meyerson · · · · · 


“Nosotros somos aquellos a los que esperábamos. Somos nosotros el cambio que buscamos”, declaró el candidato Barack Obama en 2008. En aquel momento, sus comentarios se recibieron con críticas: que si eran narcisistas, que si eran tautológicos, que si no tenían mucho sentido…


Pero tras la reelección de Obama en 2012 y su segundo discurso inaugural, sus observaciones de 2008 parecen menos una declaración ensimismada que algo profético. Hay una mayoría de Obama en la política norteamericana, simbolizada en el gentío del Mall [el gran paseo frente al Capitolio de Washington], cuya existencia es consecuencia tanto de los profundos cambios en la composición y valores de nuestro país como causa de cambios aún por llegar.


Esa mayoría, como dejó claro el presidente en sus observaciones, no existiría de no haber sido por las luchas de los norteamericanos por ampliar nuestra creencia fundacional en la igualdad de todos los hombres. El impulso por extender la igualdad, declaró en la línea más vibrante de su discurso “es la estrella que aún nos guía, como guió a nuestros antepasados en Seneca Falls, en Selma y en Stonewall”. [1]


Nuestra historia, sostuvo Obama, es una historia de adaptación de nuestros ideales a un mundo cambiante. Su discurso (al igual que libros recientes como el de Michael Lind y mi colega del Washington Post, E.J. Dionne Jr.) [2] reivindica una historia que no sea la de las tergiversaciones tanto de los originalistas constitucionales como de los fantasiosos “libertarios”. “La fidelidad a nuestros principios fundadores requiere nuevas respuestas a nuevos retos”, afirmó el presidente. “Preservar nuestras libertades individuales exige acción colectiva en última instancia. Pues el pueblo norteamericano no puede enfrentarse a la exigencias del mundo de hoy más de lo que podrían haberse enfrentado los soldados norteamericanos a las fuerzas del fascismo y el comunismo con mosquetes y milicias”.


Habiendo dejado establecido que el arco moral y práctico de la historia norteamericana se vence del lado de la igualdad, Obama se comprometió a impulsar aun más las demandas de igualdad, para terminar con la inferioridad salarial de las mujeres trabajadoras, la supresión del voto que obliga a algunos norteamericanos, generalmente de las minorías, a esperar horas y horas para poder depositar su voto, la deportación de inmigrantes que contribuirían, si no, a levantar la economía, y las leyes que prohíben casarse a los gays norteamericanos.


No obstante, tal como reconoció el presidente, está aumentando la igualdad social, aun cuando la relativa igualdad económica que antaño definía la vida norteamericana haya retrocedida rápida y enormemente. “Nuestro país no puede tener éxito”, afirmó, “cuando a unos cuantos, cada vez menos, les va muy bien y una mayoría cada vez más numerosa apenas tiene para poder arreglárselas”. Para ello, Obama recomendó poner al día nuestros impuestos y reformar nuestras escuelas, pero estas medidas no son suficientes para transformar nuestra nación en un país que, tal como dijo el presidente, “recompense el esfuerzo y la determinación de todos y cada uno de los norteamericanos”. La mengua de la clase media constituye, junto al cambio climático, el asunto más espinoso en la agenda del presidente y exige soluciones de largo alcance más allá de cualquiera de las expuestas por él. Los trabajadores norteamericanos deben recuperar el poder del que antaño disponían para negociar colectivamente sus salarios, pero eso no es más que el principio de la lista de reformas económicas que resultan tan difíciles de alcanzar como necesarias para volver a crear un país financieramente dinámico.


El presidente concluyó su discurso pidiendo a sus partidarios que se le sumaran para contribuir a “configurar los debates de nuestro tiempo”. El mayor error que cometió Obama cuando ocupó su cargo consistió en disolver efectivamente la organización de millones de norteamericanos que habían trabajado en pro de su elección, en parte por temor a que pudiera molestar a miembros del Congreso cuyo voto necesitaba para sus políticas. No desea ahora ese desarme unilateral; sus operativos esperan mantener sobre el terreno a ese ejército de voluntarios de la campaña de 2012 para las batallas legislativas que quedan por delante. Las legiones de Obama han demostrado que pueden ganar elecciones, y esto importa bastante más, ha aprendido el presidente, que cualquier vestigio de buena voluntad que pueda conseguir remitiéndose al Congreso.


La Mayoría de Obama — su existencia y movilización — es lo que le permitió al presidente pronunciar un discurso tan ideológico. No se había pronunciado una alocución inaugural así desde que Ronald Reagan juró el cargo en 1981, exigiendo el recorte de los programas gubernamentales y con la seguridad de saber que buena parte de clase trabajadora blanca había abandonado sus lealtades para con los demócratas y respaldaba su ataque al sector público y los derechos de las minorías. El lunes, Obama, sabiendo de seguro que las minorías se habían unido a otros grupos progresistas para formar una nueva coalición de gobierno, dio voz a sus demandas de garantías de igualdad y de preservar y ampliar los esfuerzos del gobierno para hacer frente a los desafíos del país. Al abandonar el estrado, se detuvo y se volvió para maravillarse de las multitudes, de la nueva mayoría norteamericana que representaban. Eran aquellos a los que él, y nosotros, estábamos esperando.

Notas del t.:

[1] De forma tan simbólica como eufónica, Obama sintetiza aquí la causa feminista en Seneca Falls, localidad del estado de Nueva York, donde se celebró en 1848 la primera convención por los derechos de la mujer; el movimiento por los derechos civiles en Selma, población del estado de Alabama y escenario de una de las primeras marchas del  contra la segregación racial en 1965; y la lucha de liberación de los homosexuales en Stonewall, el bar de la ciudad de Nueva York en el que comenzó en junio de 1969 la revuelta contra el acoso policial a la comunidad gay.

[2] Michael Lind, Land of Promise: An Economic History of the United States, HarperCollins, 2012; E.J. Dionne, Jr., Our Divided Political Heart: The Battle for the American Idea in an Age of Discontent, Nueva York, Bloomsbury, 2012.

Harold Meyerson es un veterano y reconocido periodista estadounidense, director ejecutivo de la revista The American Prospect y columnista de The Washington Post

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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