DANCINHA

quarta-feira, 24 de novembro de 2010

¿De dónde salieron?

Sabemos que el sesgo homogeneizador y estilizante de las configuraciones televisivas prefiere los estereotipos: endilga a los jóvenes, de modo preponderante, la apatía, el desinterés, el consumo de drogas y alcohol, cuando no la condición de violentos y delincuentes; visibiliza a la comunidad Lgttbi desde el exotismo y los cánones heteronormativos, y construye a los sujetos como promiscuos, fiesteros y anormales; destina a los jubilados a una marginalidad basada tanto en la escasez de recursos materiales como en la no participación del sistema productivo; y también vincula a los migrantes de los países limítrofes con el crimen y la ilegalidad; por citar sólo algunos ejemplos.

Por Lucrecia Gringauz, Sebastián Settanni y Mariana Alvarez Broz*


No resulta novedosa la alusión al poder que tienen los medios de comunicación para marcar agenda. Ya todos sabemos que, en buena medida, los medios masivos pautan las líneas directrices de nuestras conversaciones y conocimientos cotidianos (y también las de nuestros desconocimientos). Y ello va mucho más allá de la intencionalidad de los propietarios y hacedores de los medios. Se trata de la propia lógica de los dispositivos de comunicación de nuestras sociedades mediatizadas.


Entre las muchas cuestiones que la muerte de Néstor Kirchner trajo al centro de la escena, el omniabarcativo rol de los medios, en especial el de la televisión, parece cobrar una notoria espesura.

Durante horas –días en realidad– hemos visto desfilar, por la Plaza de Mayo y por las pantallas televisivas, a un sinnúmero de individuos, agrupados o sueltos, deseosos de expresar algo que, a grandísimos rasgos, pareciera resumirse en: “Gracias Néstor, Fuerza Cristina”.

Clave inaudita de la proyección televisiva, la abrumadora diversidad (etaria, de género, social, cultural, territorial y política) que encarnaban esos sujetos desbordó los moldes interpretativos con los que suele contarse “lo que pasa” y “quiénes son sus protagonistas”.

Las exequias de Kirchner se constituyeron en escenario y marco para un desfile desbordante: desborde respecto de la habitual representación mediática de sujetos y colectivos sociales; y también desborde –de visibilidad– respecto de aquellos que en general carecen de toda representación, especialmente política, en los medios audiovisuales predominantes.

Sabemos que el sesgo homogeneizador y estilizante de las configuraciones televisivas prefiere los estereotipos: endilga a los jóvenes, de modo preponderante, la apatía, el desinterés, el consumo de drogas y alcohol, cuando no la condición de violentos y delincuentes; visibiliza a la comunidad Lgttbi desde el exotismo y los cánones heteronormativos, y construye a los sujetos como promiscuos, fiesteros y anormales; destina a los jubilados a una marginalidad basada tanto en la escasez de recursos materiales como en la no participación del sistema productivo; y también vincula a los migrantes de los países limítrofes con el crimen y la ilegalidad; por citar sólo algunos ejemplos. Lo sabemos y, sin embargo, la masiva presencia de adolescentes y jóvenes, jubilados, migrantes, gays, lesbianas, travestis, trans, y un sinfín de “otros”, todos ellos reivindicando algún tipo de idilio con la política y con sus representantes, sacudió como un gesto discordante, profundamente rupturista.

La representación de esa heterogénea multitud conmovida y agradecida parecía incluso desafiar el rol que desde hace tiempo han asumido –y se ha otorgado a– las muchedumbres en las calles. Las masas enarbolan sus demandas, protestan. También festejan, es verdad (incluso se conduelen en algunas ocasiones). Pero eso, al menos en los relatos televisivos, muy rara vez sucede bajo el eje estructurante de la política, como en este caso. No sólo porque la autenticidad de las movilizaciones suele ligarse a una espontaneidad inequívocamente apolítica, sino también porque la acción política a la que alude la televisión queda habitualmente reservada a los debates –o las roscas– en el Congreso, a los intercambios y entrevistas pautados por la propia televisión o a la intervención masiva sólo circunscripta a la participación electoral.

Durante los últimos días, semejante desborde nos dejó ante un profundo extrañamiento. Incluso a nosotros, portadores –por vocación y formación profesional– de una mirada atenta y muchas veces crítica sobre lo que pasa en y por los medios.

Nos encontramos incrédulos ante lo que sucedía, conmovidos –aún frente a la tele– y desconfiados inclusive de nuestra propia mirada analítica. Nos preguntamos de dónde habían salido tantos “otros”, tan alevosamente dispuestos a desafiar los regímenes de (in)visibilidad con los que convencionalmente la televisión da cuerpo –y voz– a la ciudadanía. Nos preguntamos de dónde había salido y hacia dónde iría esa ciudadanía desbordante. Y si bien celebramos este desborde, nos resulta difícil predecir cómo lidiarán con él los medios masivos. Sobre todo, nos preocupa saber qué mecanismos pondrán a funcionar para dar cuenta de ese populoso y diverso mundo que escapa a sus estereotipos y que generalmente queda fuera de su representación de la ciudadanía.

* Investigadores UBA/ IdaesUnsam.

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