DANCINHA

quarta-feira, 8 de outubro de 2008

BOB DYLAN


Versiones

Por Eduardo Febbro, Desde Barcelona

UNO Mientras escribo esto –y, seguramente, mientras ustedes lo leen; porque no veo razón alguna para que cambie la muy placentera situación– suena sobre mi computadora Tell Tale Signs: Rare and Unreleased 1989-2006, flamante disco de Bob Dylan confeccionado a base de temas viejos, bocetos, canciones sueltas y versiones.

Y, sí, ésta es otra de esas contratapas sobre muchas, demasiadas cosas, la mayoría de ellas desagradables. Pero, al menos, con letra y música de Bob Dylan al fondo, al frente, al costado, arriba y abajo y en todas partes.

DOS Y, de acuerdo, en principio y antes de oírlo Tell Tale Signs irrita un poco. Otra vez, Mr. Dylan bajando al sótano o subiendo al altillo a rescatar antigüedades que jamás envejecerán cuando –se sabe, ya circulan títulos y comentarios en la red– todo parece indicar que ya tiene en la caja fuerte un disco ciento por ciento nuevo producido por Rick Rubin. Así, Tell Tale Signs –en versión simple, doble y hasta triple de luxe al módico precio de 169,98 dólares– como eficiente cosechadora de dinero fácil para el largo invierno y las lluvias pesadas que se avecinan y, ya, número uno en ventas en Amazon. Y uno va y paga, claro. Porque un Dylan curtido y añejado –aquí revisitando surcos de discos como Oh Mercy, World Gone Wrong, Time Out of Mind, Love and Theft y Modern Times así como tracks para películas y temas tradicionales reinventados por alguien que ya se sabe tradicional y eterno– es tanto mejor que casi cualquier fragante novedad o efímero último modelo. Así, Dylan fortalece y consuela y suena tan bien en estos tiempos que vuelven a cambiar, todo parece indicarlo, para mal, para peor, para peor que nunca.

TRES Dylan abriga y, entonces, es la mejor banda de sonido para comprender el mundo o, al menos, hacerlo un poco más soportable. Entonces, se me ocurre, Tell Tale Signs como música ambiental que acaba devorándose las visiones de mi televisor bailando febril la danza del zapping por los canales informativos. La ancestral voz de Dylan –rota con entereza– sonando como la voz de un patriarca bíblico o de un cowboy primigenio. Masticando palabras y escupiendo versos sobre el paisaje de esos hombrecitos con los ojos clavados en los tableros de las bolsas del mundo y los corazones acribillados por cifras en picada. “Everything is Broken” sonando sobre postales de glaciares que se derrumban cuando no deberían derrumbarse y, en España, sube el índice de desempleo, el semen de los locales pierde calidad debido a la contaminación ambiental y Zapatero & Rajoy (ya indivisibles e inseparables, girando en ese estúpido minué partidista al que se han vuelto adictos con modales de compadritos bailarines de barrio) compareciendo para calmar los ánimos y los temores produciendo un efecto diametralmente opuesto y ganas de correr al banco y sacar los ahorros y meterse debajo de la cama y no salir de allí hasta la primavera, siempre y cuando vaya a haber algo llamado primavera de acá a unos meses.

CUATRO Y la imagen que resulta ser algo tan importante para la imaginación. De ahí que vea a Obama y no pueda dejar de pensar en Denzel Washington y vea a Sarah Palin y no pueda quitarme a Sally Field de la cabeza. Los políticos son esa gente tan poco imaginativa que, sin embargo, se nutren de la desenfrenada imaginación de todos los demás. Así, los políticos son, finalmente, lo que el resto determina que sean. Los políticos vampirizan siendo vampirizados. Los políticos –que no suelen tener ideas propias– se dedican a la más o menos fina sintonía de lo que piensan los demás. Y es así como acaba surgiendo eso que se conoce como “programa de gobierno”, “proyecto del partido”, “tengo un sueño”, esas cosas. De este modo –en determinados momentos, en los períodos electorales– los políticos acaban invadiéndolo todo y, en las pantallas de los televisores, se convierten en el mejor programa posible.

Paul Auster –de paso por Barcelona para presentar Un hombre en la oscuridad– me dice que, ojalá, gane Obama. Y cuando le pregunto el porqué de su tan apasionado optimismo me responde lo mismo que todos los norteamericanos con los que me he cruzado últimamente: “No hay otro, no hay otra. Ultima oportunidad”. Y, sí, la sensación de que las cosas se están acabando un poco, como en una de esas apocalípticas canciones de Dylan, como en la torrencial versión en vivo de High Water (For Charley Patton) que ahora truena e inunda. Y si en Un hombre en la oscuridad se fantasea sobre la posibilidad de unos Estados Desunidos, uno de los próximos proyectos de la cadena HBO se titulará Americatown y tratará sobre la bestial migración de norteamericanos al resto del mundo, dejando atrás un país devastado por tormentas económicas y fundando pequeños USA por todas partes. Mientras tanto y hasta entonces, la revista Vanity Fair –en su segunda y exitosa encarnación– cumple un cuarto de siglo y pone en su portada nada más y nada menos que al fantasma rubio de Marilyn Monroe y, otra vez, enumera posibles versiones sobre lo que pudo haber sucedido. Yo no tuve nada que ver, juro. Leo el largo artículo y todo suena tan parecido a esos especialistas financieros que miran a cámara y, sin parpadear, intentan explicar lo inexplicable que puede llegar a ser la insaciable voracidad de los poderosos. Versiones. Más versiones.

CINCO Aquí y ahora, en Europa se impone en el sálvese quien pueda y el cada uno por la suya, a los botes, mujeres y niños y banqueros primero, y ya hablaremos cuando, si hay suerte, alcancemos la orilla o el acantilado. Porque de lo que se habla ahora –mientras la orquesta sigue tocando y el barco supuestamente invulnerable alza su proa– es de cosas tan extremas como del posible fin del euro.

Y hace cuarenta años, en 2001: A Space Odissey de Stanley Kubrick, la supercomputadora HAL 9000 se despedía con aquello de “My mind is going...”. Uno de los noticieros interrumpe la transmisión desde el frente de batalla de Wall Street para mostrar un fragmento de la película. HAL 9000 canta “Daisy... Daisy”; pero es como si cantara “Series of Dreams”, de Bob Dylan y –milagro– el comienzo de God Knows coincide con una de mis secciones favoritas: novedades desde ese otro planeta –pero que igual cotiza en Bolsa– que es el Vaticano. Y ahí está Benedicto XVI, cada vez más oracular y délfico, augurando tiempos difíciles por la falta de fe y “la influencia destructiva de cierta cultura moderna”. Mírenlo, rodeado de dorados y púrpuras, con su traje de superhéroe, diciendo cosas como “vemos que en el derrumbe de los grandes bancos el dinero se desvanece, no es nada, y que todas esas cosas que parecen la única verdad con la que se puede contar, son en realidad de segundo orden... Aquellos que construyen sólo sobre cosas visibles y tangibles, como el éxito, la carrera, el dinero, deben tener claro que, en apariencia, estas cosas son la realidad, pero todo eso un día pasará... Los bancos caen; sólo Dios es estable”.

O.K. De acuerdo. Todo bien.


Pero, si de ser estable se trata, me quedo con Bob Dylan y con esa foto en el cuadernillo de Tell Tale Signs. Ahí, un Bob Dylan que todavía se llama Robert Allen Zimmerman, casi un niño, rodeado de amiguitos y aferrado al madero de una guitarra eléctrica para no hundirse y elevarse y soplar y flotar en el viento.

Y ahí está, ahí sigue estando, sus acciones más fuertes que nunca.

Y ahora suena Dignity.

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